Rene Núñez

 

Hay sociedades que esperan que les llegue la tragedia para darse cuenta de sus errores y desviaciones de vida y cambiar. Hay otras, que, por el contrario, trabajan duro y se preparan para anticiparlas, de tal manera que cuando lleguen saberlas encarar para superarlas. En lo individual, ocurre algo parecido, personas que abusan de los extremos de la alimentación y del “stress”, desoyen los consejos, hasta la llegada de una enfermedad, para darse cuenta de que tienen que cambiar su estilo y costumbres de vida.

Los países en desarrollo se caracterizan por lo primero. En muchos de ellos se imponen el adagio popular “como vaya viniendo, vamos yendo”. La planificación es a corto plazo. Cada nuevo gobierno tiene una que sustituye totalmente a la del anterior. Muy poca discusión y consenso en la Visión País, a largo plazo. Y eso tiene una simple explicación, cada uno cuida celosamente sus intereses de poder. Realidad.

Hay un abandono practico de la constitución, a pesar de que ella obliga a todos a ponerse de acuerdo sobre una Visión nacional compartida. Hoy, como nunca, en esa responsabilidad estamos en pañales; profundamente divididos según las líneas ideológicas, entre revolucionarios autoritarios en el poder y demócratas opositores. Para unos, entre izquierdistas y derechistas. Lo cierto es que, en 1999, se inició en Venezuela, un proyecto que en principio se ofreció como demócrata para mejorar y eliminar los vicios y corruptelas de la democracia de la que calificaron como la de la IV República, y que después, en menos de un año, como estaba concebido “in pectore” en la conciencia de su protagonista y responsable, Hugo Rafael Chávez Frías, se transformó en un proyecto autoritario, el cual se ha venido ejecutando por etapa en estos últimos 20 años. Los giros de la derecha a la izquierda aceleraron la destrucción de uno de los países más ricos en materias primas del mundo.

Debido a que nos hemos desviado tanto del punto de vista de los objetivos de nuestra nación, y a la escasa conciencia nacional política de partidos, dirigentes y líderes; interesados en la preeminencia de su propio modelo o proyecto, son, entre otras, las razones por las cuales estructuralmente estamos ante un Estado disfuncional, y una oposición que, ojalá esté equivocado, sigue mostrando disparidades, en cuanto a la Visión País.

Me refería esta semana en mis reflexiones “Autocríticas País” que hago diariamente en el Instagram, a la inconveniencia de hacer reformas constitucionales el primer año del gobierno de turno, y acotaba, que cuando fueran necesarias y bien justificadas para garantizar su objetividad y equilibrio, lo aconsejable era hacerlas a mediados de periodo gubernamental. Sostengo también ahora que es sano, inteligente, racional y objetivo, la discusión y elaboración de un Plan de la Nación a largo plazo (no menos de 20 años), bajo el consenso inteligente de los conocedores de las distintas materias del Estado. No hacerlo, seguiremos atados al paradigma de siempre, el Estado interventor y controlador de todo, y no el facilitador. Un Plan que se concentre en los ciudadanos, donde el trabajo sea el motor del desarrollo humano integral y donde los propios ciudadanos tengan la libertad de su propia autodeterminación y autorrealización de sus propios destinos, bajo la protección y garantías de un Estado de Derecho autónomo, independiente y funcional.


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