Un corto Cuento de Hadas

Leidy nos cuenta en esta oportunidad una historia de amistad verdadera

102
Leidy Ramírez / [email protected]

 

Ella llegó con sus botas a nuestro salón de séptimo grado, su pañoleta en la cabeza, colocada como un cintillo de color azul, y se perdió de mi vista.

No recuerdo cuando apareció otra vez, pero al poco tiempo ya andábamos recorriendo juntas los pasillos cerca de la Seccional que llevan al patio de la Cantina, donde recuerdo que le pedí prestado para comprar una empanada de la Sra. Indra, que no recuerdo si le pagué.

Con el tiempo se volvió parte mis rutinas saludarla. Hablar con ella, ni siquiera recuerdo de qué, se volvió un hábito de todos los días. De alguna rebeldía sería.

Nuestro primer acto extraordinario de amistad fue bañarnos bajo la lluvia durante un receso. Habíamos salido de Ingles, teníamos una hora libre mientras esperábamos la próxima clase. En ese momento una lluvia de grandes gotas comenzó a inundar todo el Patio Principal.

Quienes estaban sentados en los banquitos alrededor de los árboles, comenzaron a caminar hacia la entrada. Solo ella permanecía como si nada, sentada a unos pocos metros del escenario. Mientras las gotas se hacían cada vez más fuertes para su pequeño cuerpo, ella daba permiso al agua de caer sobre su chemise, su bolso y sus zapatos, como si no se estuviera mojando. 

Enseguida la acompañé, y terminamos bañadas las dos por todos los sueños que se precipitaban aquel día. Desde entonces, ella a su paso, poquito a poco y con engañosa debilidad, comenzó a formar parte de mi vida no muy social en aquellos días.

El tiempo se convirtió en años, y allá estábamos juntas a los 16, el día que salimos en bicicleta con los muchachos hasta Isla dorada. A mí me gustaba en secreto uno de ellos y ella tenía pocos días de novia con el otro. De noche entre risas, nos sentábamos a conversar largas horas sobre ellos.

No hubo huella que no dejáramos desde Macrocentro hasta las fiestas que había en la Ciudad, y a las que caminabamos cuando estaban al acecho los peligros de los que hablan las abuelas, pero que eran invisibles para nosotras.

El miedo a enamorarnos era solo un mito. Éramos Diosas de la entrega absoluta al amor y la amistad. Sirenas encantadas con sus pies bajo la espuma, Ninfas de los ríos Orinoco y Caroní, Reinas en todos los puentes desde San Félix hasta Sierra Parima.

Nunca fumamos los cigarros que nos regalaban o que algunas veces pedíamos para aparentar ser mujeres rudas con experiencia en calles y fiestas. Nada más lejano de la realidad. Los escondíamos y luego permanecían guardados en las carteras. Esos bolsitos, grandes y pequeños que solíamos llevar combinados con sandalias o zapatos, según la ocasión.

Cuando aprendimos a fumar, estábamos en su casa. Lo recuerdo bien. Tomamos los cigarrillos que teníamos. Ella dijo que alguien la había enseñado a aspirar, inhalando como si le dieran un sustico y luego se expulsaba el humo por la boca. Ese día quedamos agotadas. Luego de ver el cielo dar varias vueltas, pude levantarme de la silla para ir directo a vomitar. Es cierto, nunca fuimos fumadoras habituales, ni todo lo que se dice.

Pasó la moda del cigarro, de la ropa punk desgastada intencionalmente para hacer entender al resto que no seguíamos estéticas y sistemas de dominación. Pregonábamos la autogestión, la anarquía ante la incompetencia. Por ese momento en nuestras listas de reproducción, siempre había canciones combativas y románticas de Bandas Punk, pero también teníamos de Alí Primera, Silvio y Sabina, que nos hablaban de revolución desde antes de Chávez. También una que otra de grupos mexicanos como Jumbo, Los Bunkers, Zoe, y por supuesto de Aditus, Tempano, Hombres G, con las que drenábamos las emociones, igual que con No doubt, The Cramberries, Savage Garden, Silverchair, Eagle and Cherry o Semisonic. Nos gustaba escuchar también el Soundtrack de la Serie El Lago de Dawson, porque no sentíamos barreras culturales.

Hacíamos revolución en nuestro mundo. Creíamos en los sueños, la música y el amor. Íbamos a los toques de tantas Bandas en la ciudad, desde “Feel Zoo Morfa”, On fumes, Los Vanders, o como se escriban, y otros por ahí. Luego el Punk.

Éramos agresivas y apasionadas para las canciones Punk.  Escuchábamos las bandas en los toques de Los Raudales o Jardín Levante, nos metíamos en las ollas, hacíamos el tripeo. Quemábamos los Cd’s del Caracas Punk. Fuimos a ver el Reencuentro de Andamios,  Vimos crecer a los integrantes de “Hablemos Sobre Nada” y apoyamos el talento regional en todo momento.

No siempre hubo amor, algunas amistades se pierden en el camino aunque se encuentren, pero nosotras fuimos hechas para generar esos recuerdos en esa Ciudad en la que creímos, un lugar apacible que de noche se perfuma con el aroma de árboles húmedos de La Llovizna, donde todo lo que queríamos hacer y las ganas que teníamos de amar no había sido escrita en los cuentos de hadas, hasta ahora.