Grave es la situación que viven más de 30 familias en el sector San José de Cacahual, los vecinos tienen padeciendo más de tres décadas. Foto: Níger Martínez

Hay lugares donde el aire no alimenta, quema. En el barrio San José de Cacahual, incrustado en la parroquia 11 de Abril de San Félix, respirar es una condena que se cumple las 24 horas del día. Allí, el aroma a hogar no existe; lo sustituyó hace años la mofeta densa, ácida y nauseabunda de la materia fecal en descomposición. Mientras el resto de la ciudad transita con sus propios matices de carencia, este rincón del municipio Caroní no solo padece el colapso de los servicios, naufraga en la miseria más cruda.

El mapa de la desgracia tiene nombres propios. Las calles Piar, Canaima y Libardo ya no son de asfalto ni de tierra, sino el lecho de un río espeso de limo negro, un manto biológico de aguas de cloaca que jamás descansa. Por ese torrente inmundo deben transitar, saltando entre piedras o exponiendo la piel, más de 700 almas: unos 300 niños que crecen jugando al borde de la infección, 70 ancianos que languidecen en el encierro y más de 200 familias cuyo único delito ha sido habitar una tierra olvidada por los mapas del poder.

Red de aguas negras colapsadas

“Desde que dijeron que el barrio estaba urbanizado y pusieron la red de aguas negras, eso jamás funcionó”, relata con la voz quebrada una líder vecinal que exige el anonimato, resguardándose del estigma pero implorando por alivio. “A los pocos días, las fecales estallaron por las bocas de visita y los cachimbos. Desde entonces, el excremento de todos corre libre por las puertas de nuestras casas”.

Cuando la lluvia cae sobre Guayana, no trae frescura; trae pánico. Las precipitaciones desbordan los cauces podridos y la marea contaminada invade las salas, los cuartos y las cocinas, dejando tras de sí una estela de enfermedades respiratorias, infecciones en la piel y vómitos. Pero la tragedia no es por falta de insumos, sino por la mezquindad de la gestión; en la cancha múltiple y en la plazoleta del sector reposan, pudriéndose al sol y cubiertos de monte, lotes de tuberías industriales ganados a través de proyectos comunitarios. Tubos comprados pero jamás instalados, testigos mudos de una burocracia insensible que prefirió dejar la solución tirada en el suelo mientras la gente se enferma.

Criadero de mosquito y muerte

El veneno no solo fluye por el suelo; acecha en el aire. La acumulación de aguas servidas ha convertido al barrio en un criadero gigante de mosquitos, desatando brotes descontrolados de dengue y paludismo. Los habitantes hablan con dolor de muertes que no salen en las estadísticas oficiales; vecinos que sucumbieron a severas afecciones pulmonares tras años de aspirar gases cloacales, o ancianos debilitados que tropezaron y cayeron en los pozos de inmundicia para no levantarse jamás.

Por si el calvario de la putrefacción fuera poco, la vida cotidiana en San José de Cacahual se desmorona a oscuras. La luz eléctrica se interrumpe hasta cinco veces al día, el agua potable por tubería es un mito del pasado y el transporte público apenas se asoma por la zona a media máquina. Como estocada final, la geografía cruenta del sector amenaza con devorarlo todo, el colector de aguas de lluvia a la entrada de la calle Piar colapsó hace años, derrumbando sus paredes y transformándose en una garganta erosiva, una cárcava voraz que día a día devora el terreno y mantiene a varias viviendas al borde del abismo.

Falsos profetas

Pasan los alcaldes por la municipalidad de Caroní, se suceden los gobernadores en la gobernación del estado Bolívar, y de las caravanas de campaña solo quedan las promesas rotas. «Vinieron, prometieron villas y castillos, pero se fueron y nos dejaron viviendo sobre las cloacas», sentencia la dirigente con una mezcla de rabia y desolación.

San José de Cacahual no pide caridad; exige justicia humana elemental. El llamado desesperado no admite más dilaciones ni discursos técnicos, es un clamor urgente a las autoridades gubernamentales para que abandonen el aire acondicionado de sus despachos, caminen sobre el limo negro que ahoga a este pueblo y extiendan, de una vez por todas, la mano institucional que salve a más de 700 guayaneses de morir sepultados en la desidia.

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