El olor putrefacto es inevitable está presente las 24 horas, ya han muerto algunos adultos mayores por problemas respiratorios. Foto: Níger Martínez

Imagina una calle que respira muerte. En el corazón de San Félix, donde el bullicio del mercado municipal Chirica debería ser sinónimo de vida, la arteria principal del barrio Guaicaipuro se ha convertido en un géiser infernal.

Por más de 20 años, una boca de visita traicionera escupe aguas putrefactas las 24 horas, un volcán cloacal que inunda el asfalto con hedor y veneno. Niños corretean con el miedo en los pulmones, y los ancianos, esos guardianes de la memoria del barrio, caen uno a uno, asfixiados por problemas respiratorios que nadie nombra victoria de la desidia.

La hediondez se apodera del ambiente como un sudario invisible, perceptible a cuadras de distancia. Personas de la tercera edad y pequeños son los más vulnerables; ya han muerto algunos ancianos, sus últimos alientos robados por el miasma que trepa desde las profundidades.

Familias enteras han agotado todos los canales, denuncias en medios, quejas a la alcaldía, ruegos al cielo. Todo en vano. El origen del mal, según los afectados, radica en una decisión municipal fatídica: conectar la red de aguas negras del mercado al sistema comunitario, colapsándolo todo. Solo construyeron un colector precario detrás de las viviendas, donde los desechos del comercio se acumulan como una venganza entre basura, tierra y otros desechos que evitan circular por dicho colector.

Problema sanitario

El olor putrefacto es un puñetazo en las fosas nasales, un recordatorio constante de la negligencia. La municipalidad optó por una zanja improvisada, más barata que excavar calles y reemplazar la tubería de 60 años de antigüedad, pero el desvío solo empeoró el drama.

Santiago López, un veterano de 39 años en el barrio, envejeció con ese hedor pegado a la piel. «Mi esposa murió por problemas respiratorios de estas aguas negras que pasan frente y al lado de la casa», confiesa con voz ronca, los ojos fijos en la cloaca a metros de su puerta. Pide a gritos que la Dirección de Salud, liderada por el doctor Manuel Maurera, inspeccione este foco infeccioso o envíe una comisión sanitaria. «Jamás vi tanta desidia del gobierno municipal y regional», añade, mientras el vapor tóxico danza en el aire caliente.

Edany Natera, con 42 años de residencia, lo llama un polvorín de excrementos. Las aguas han corroído las rejas de las alcantarillas pluviales; los vecinos esquivan la zona temiendo que sus vehículos queden atrapados en la trampa viscosa. Es un problema de salud pública que pulula, invisible pero letal, pulverizando no solo el metal, sino la esperanza.

Un caos

El caos se desata en cascada: aguas residuales del mercado Chirica de desplumadoras, carnicerías, pescaderías, se vierten en la cañería comunitaria y emergen furiosas por la boca de visita, serpenteando por toda la comunidad. Calles destrozadas por el estancamiento, asfalto agrietado como piel supurante. Algunos nativos han huido, abandonando hogares; otros languidecen enfermos, sin que gobiernos local, regional o nacional muevan un dedo ante este mal de dos décadas.

Otro lugareño, voz anónima del sufrimiento colectivo, resume la ruina: «Es un volcán que no duerme». Guaicaipuro, antaño pulmón de San Félix, hoy es un testimonio vivo de la indiferencia, donde el hedor no solo apesta, sino que mata.

Exhortan al alcalde, también a la gobernadora para que resuelvan el problema, antes que las aguas putrefactas sigan cobrando más vidas humanas en el barrio.

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