Amor en tiempos de cola

Leidy Ramírez, periodista, escritora y cultora de la danza, nos cuenta cada jueves las historias de la cotidianidad. He aquí la primera sobre el amor en crisis

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Leidy Ramírez / [email protected]

 

Eran las 5:30 a.m. Yo soñaba que bailaba, mientras tú te acercabas despacito para observarme sin que me diera cuenta, aunque ya había sentido tu presencia dentro del salón. Al voltear, te descubrí haciendo muecas como siempre.

Cuando me acerqué a ti, te acostaste sobre el suelo con la camisa desabotonada. Dejabas ver todo tu pecho. La risa y la calma te inundaban, al igual que mi silueta abalanzándose sobre ti.

De pronto, escuché los gritos de mi madre llamándome.

Salí del sueño tan rápido como de la cama, a ver qué pasaba. Al abrir la puerta de su habitación, la encontré sentada con el teléfono celular en la mano. -¡Vístete! -me dijo con voz apresurada. ¡En la bodega de allá abajo van a vender harina!

Mi hermano, a punto de salir al trabajo, observó mi expresión de desagrado. No tuve más opción que quedarme callada y obedecer, por la disponibilidad de tiempo que tengo para cumplir ese tipo de tareas. Mi molestia no cesaba y al mismo tiempo, mi mente trataba de responder por qué.

Hay personas que no soportan que las despierten de repente, ¡y menos por una situación como esta! –pensaba. Me preguntaba: ¿cuándo acabará esta crisis?, ¿De verdad ahora es cuando está por comenzar?, ¿La cosa se pondrá peor?, ¿Si hago cola, significaría que podría acostumbrarme y lejos de resolver una necesidad alimentaria, terminaría por contribuir a la permanencia del problema?, ¿Desperté de mi sueño, por esto? ¡Dios, dame paciencia! – Imploré.

Sin peinarme, ni cepillarme, me coloqué unas cholitas, y con la ropa de dormir, salí de una vez a la calle para no pensar demasiado.

Caminaba hacia la puerta de la casa, mientras escuchaba a mi madre preguntarme: ¿Vas a salir así?; ¿Estás loca?; ¿De verdad?; – ven hija, mejor quédate.

Alejándome, resolví que mi aliento no sería un problema pues no sería necesario cruzar palabras con nadie. Esto además me evitaría entrar en comentarios de política y economía a tan tempranas horas de la mañana y en tan mal estado de humor. No me preocupaba la cara de recién levantada que tenía y estaba segura que el huequito de mi pijama pasaría desapercibido entre la multitud desesperada por comprar.

Mi suposición del desespero no era exagerada. Al llegar a la esquina, justo antes de tomar la calle que baja hacia la bodega, una vecina que ya venía con sus paquetes en la mano, gritaba alterada a quienes iban saliendo de sus casas: ¡vayan, vayan a echarse coñazo con esa gente allá!

Continué mi camino preguntándome por qué no me parecerían extrañas las palabras de aquella mujer. Y entonces, me inquieté ante la posibilidad de estar acostumbrándome a todo el contexto que envuelve la situación. Volteé hacia un lado, y vi a otro vecino sentado con su familia frente a su casa, mirando el desfile de personas que iban a la bodega.

-¡Ajá! Por lo que se ve, ya compraste, ¿no?, le preguntó una de las personas que caminaba a unos pocos metros de mí. – ¡A las 5 de la mañana!-, respondió él Padre de familia, mientras abría el periódico y se acomodaba en el espaldar de su silla.

Señoras que sólo salían del perímetro de sus enormes casas hasta sus carros para ir al supermercado o a la peluquería, hombres con uniformes desgastados de las industrias básicas, gente de las más lejanas cuadras y otras personas desconocidas, corrían para ser los siguientes en comprar.

Una cuadra antes de llegar al local, tomé mi lugar de espera, con la mejor cara de cañón que tenía, sobre todo para que a nadie se le ocurriera preguntar por qué no me había peinado.

Algunos que pasaban en sentido contrario, lanzaban frases como: ¡Eso no va alcanzar para todos!, ¡Ahí ya no queda más nada!. -¿Y, qué es lo que están vendiendo? -Les preguntaban. -Un paquete de pasta, una harina pan, y una mantequilla, pero de verdad, eso no va dar para todos-, reafirmaban.

Aquellas palabras no tardaron en ser verdad, e inmediatamente las personas se dispersaron para correr a la bodega de más arriba.

– ¡Allá si nos tienen que vender!, decían, mientras caminaban.- ¡Si no, vamos a tener que saquear esa broma! –contestaban otros, que se negaban a aceptar haber llegado tan tarde como yo.

Como por inercia, los seguí, y al llegar a la otra bodega, que ni siquiera estaba abierta, pude ver a mi madre y a mi pequeño hijo, alistados en la espera. El niño corrió hasta mí en cuanto me vio, con sus bracitos extendidos y esa sonrisa que en menos de un segundo puede teletransportarme a la alegría. Me dijo: ¡Mamá! Y comenzó a darme besos en toda la cara.

En ese momento todos los sonidos que no eran su vocecita se distorsionaron, hasta que la imagen de una multitud que se dispersaba nuevamente con caras alargadas, me hizo comprender que tampoco habíamos tenido éxito.

– La señora de aquí, sólo les vendió a seis personas-. -Ya no tiene mercancía-, me explicó mi madre, quien unos segundos después volteó para mirar a una señora que le gritaba desde lejos: -¡Mira Teresita, no me voy con las manos vacías!, mientras empuñaba hacia el cielo como bandera un frasco de salsa de tomate.

Yo, mientras, intentaba decidirme si lamentarme por eso, o porque en verdad tenía ganas de seguir soñando contigo.