Andrés Eloy Blanco, una comunidad con más de seis décadas de historia en San Félix. Foto: Níger Martínez

Escondida del movimiento acelerado que caracteriza a San Félix, la comunidad Andrés Eloy Blanco resguarda más de seis décadas de historia urbana. Un límite claro la separa de la urbanización Clorindo Manuel Parellys, en la parroquia Simón Bolívar: la antigua calle Dalla Costa. Durante las décadas de los 60, 70, 80 y 90, ese trazado vial bullía de actividad nocturna gracias a locales emblemáticos como «El Teleférico» y «El Hueco», donde los fines de semana se concentraban obreros de la construcción y trabajadores de las empresas básicas de Guayana.

Hoy, la nostalgia habita en los residentes más antiguos, quienes recuerdan aquellos años de auge mientras caminan por un sector privilegiado en infraestructura comercial.

En Andrés Eloy Blanco los servicios básicos funcionan con regularidad -salvo fallas eléctricas ocasionales que se solventan con rapidez- y la vida cotidiana transcurre cerca de farmacias, bancos, escuelas, supermercados y ferreterías. Sin embargo, un problema empaña la tranquilidad vecinal: la presencia de un criadero de cerdos y aves situado en el lindero con Clorindo Manuel Parellys.

Los residentes denuncian que las quejas ante los organismos responsables de solventar no han prosperado debido a presuntos arreglos irregulares con los propietarios del espacio que son comerciantes de la avenida Manuel Piar.

Criadero de pollos y cochinos perjudica a los vecinos de dos sectores

El pan de cada día en la calle El Carmen

En la calle El Carmen vive Pedro, un adulto mayor que habita en una residencia alquilada. Su jornada diaria es un ejercicio de subsistencia; se dedica a la reventa de pan en las inmediaciones del cruce de El Roble, cerca de la Panadería La Cariñosa. Con lo que recauda debe cubrir un alquiler de 1.500 bolívares y comprar sus alimentos, una labor que se tornó más compleja tras el cierre del Comedor Popular de San Félix hace más de un mes, espacio que garantizaba la alimentación de los adultos mayores de la zona.

Pedro evoca su llegada al sector junto a su esposa, quien tiempo después viajó a Maturín para visitar a un familiar y no regresó. Con un toque de humor pragmático ante la adversidad, reflexiona sobre la soledad y el costo de vida actual. Sus seis hijos residen en distintas zonas de El Callao, mientras él continúa trabajando a diario para mantenerse en una comunidad que, pese a sus dificultades puntuales, le ofrece estabilidad en los servicios esenciales.

Raíces sembradas en la calle Democracia

A pocas cuadras, en la calle Democracia, se encuentra la casa de María López, una mujer nativa de Güiria, estado Sucre, que pisó Andrés Eloy Blanco hace más de cincuenta años. Tras instalarse en una residencia inicial, obtuvo el terreno donde edificó su hogar gracias a la gestión comunitaria y municipal de la época. López levantó a su familia trabajando como obrera hasta formarse en el área administrativa del Instituto Nacional de Capacitación y Educación Socialista (Inces), institución de la que finalmente se jubiló.

Para María, la idea de marcharse de Andrés Eloy Blanco no tiene lugar. Su historia personal se entrelaza con el desarrollo de un barrio donde la mayoría de los vecinos se conocen desde la infancia. Aunque reconoce que la migración ha vaciado algunos hogares del sector, mantiene la fe firme de que muchos de los jóvenes que partieron al exterior regresarán eventualmente al lugar que los vio crecer.

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