Calle 7 de Primero de Mayo, toda convertida en charcos de agua por los botes de aguas. Foto: Níger Martínez

Esquivar un bache en la parroquia Chirica dejó de ser una maniobra de pericia para convertirse en un acto de fe. Quien transita hoy por las calles de los sectores Primero de Mayo, Nueva Chirica, Vista Alegre o José Félix Rivas no maneja, navega sobre un mapa de asfalto resquebrajado, sorteando lagunas artificiales nacidas de tuberías rotas y esquivando abismos sin fondo donde alguna vez hubo una alcantarilla.

El viaje al epicentro del problema comienza justo al pasar la Clínica Manuel Piar, donde nace la histórica Calle 7 de Primero de Mayo. Lo que debería ser una arteria de libre flujo hacia la Panadería Horizonte es hoy un terreno minado. Las fugas de aguas blancas, lejos de ser un simple desperdicio del recurso, actúan como un ácido silencioso que ha descompuesto las bases de la carretera, transformándola en una trampa insalvable para el tráfico automotor.

Por allí avanza a paso de procesión Carlos Acosta. Su rostro refleja la fatiga de quien lucha diariamente contra el relieve de la desidia. Tiene quince años recorriendo este sector y asegura que jamás vio semejante nivel de devastación. Su auto, una herramienta indispensable de trabajo con la que distribuye pedidos de queso a los negocios locales, es hoy una víctima colateral. «No puedo decir de pasar por esta calle», comenta con frustración, «tengo que traer algunos pedidos a varios clientes y el vehículo se me ha ido destruyendo por la cantidad de huecos». Cada crujido del tren delantero es una pérdida económica directa en su bolsillo.

Comercios amenazados

Pero el drama automotor es solo la primera ficha de un dominó que aplasta la economía de la zona. En Chirica, cientos de pequeños y grandes comercios intentan mantener las santamarías arriba. Sus dueños coinciden en una paradoja dolorosa, la alcaldía no olvida cobrar los impuestos puntualmente, pero esos fondos parecen perderse antes de transformarse en asfalto.

La consecuencia inmediata es la soledad de los pasillos. La clientela ha bajado drásticamente porque la gente prefiere evitar el maltrato a sus vehículos. El temor generalizado no es infundado: las distribuidoras de alimentos ya han asomado la posibilidad de suspender las entregas en la zona. Si los camiones no entran, los estantes quedarán vacíos.

A unos metros, la estampa de Ana Villarroel resume la indignación vecinal. Se para frente a su negocio a mirar el tramo intransitable de la carretera. Cuando los huecos se anegan por el constante fluido, el peligro se duplica; los automóviles pasan sin ver la profundidad del cráter, impactan fuertemente y salpican oleadas de agua sucia directamente contra las fachadas y paredes de su establecimiento, arruinando la limpieza del lugar.

Alcantarillas se convierten en un peligro

Ante la total ausencia de respuestas por parte del gobierno local y de la antigua hidrológica, quienes han hecho caso omiso a los reclamos, la comunidad ha tenido que improvisar sus propias señales de tránsito. En los puntos donde las rejas de las alcantarillas sucumbieron y quedaron convertidas en fosas abiertas, los vecinos han colocado neumáticos viejos. No es adorno ni protesta estética; es la única barrera visual para evitar que los carros sigan cayendo en los colectores de lluvia obstruidos.

La angustia colectiva se palpa con mayor fuerza en la intersección de la calle Infante con Luis Hurtado, en la frontera invisible donde Primero de Mayo y Nueva Chirica limitan con Vista Alegre. Allí, los habitantes observan con pánico cómo el suelo cede. Temen que la vía colapse por completo de un momento a otro, alimentada por las corrientes de aguas blancas que bajan de manera ininterrumpida desde la calle E de Nueva Chirica.

Aseo urbano falla

Incluso los servicios públicos más elementales han sucumbido al relieve lunar de San Félix. Bajo condición de anonimato, un ciudadano revela una realidad invisible para los despachos oficiales; el servicio de aseo urbano falla de manera constante porque las unidades recolectoras pasan más tiempo en los talleres mecánicos que en las rutas. Los mismos cráteres que rompen los carros particulares destrozan las pesadas suspensiones de los camiones de basura.

Mientras las solicitudes formales duermen en los archivos municipales, el clamor en Chirica sigue siendo el mismo. Vecinos y comerciantes continúan pagando tributos, cruzando los dedos en cada esquina y esperando el día en que las calles de Ciudad Guayana vuelvan a ser vías de progreso y no sinónimo de abandono.

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