¿Sabías que al disfrutar de una de las empanadas más famosas del país podrías estar devorando crías de especies en peligro crítico? Este mes de abril, el biólogo Leonardo Sánchez y el Centro para la Investigación de Tiburones (CIT) lanzaron una urgente campaña para pedir a los venezolanos que eliminen definitivamente el consumo de cazón de sus mesas.

Esta preocupante alerta ambiental fue detallada en una reciente entrevista a través de Unión Radio (Venezuela), donde se explicó dónde y cómo una arraigada costumbre gastronómica se ha convertido en una sentencia de muerte para la biodiversidad marina.

El precedente de este problema tiene raíces históricas en nuestras costas: en un principio, los pescadores solo capturaban a las crías del «tiburón macuira» para preparar el famoso plato. Sin embargo, con el paso del tiempo y el aumento de la demanda, la práctica se extendió de manera indiscriminada hacia los bebés de prácticamente todas las especies de escualos.

¿Cómo se llegó al extremo de cazar a las crías y no a los ejemplares grandes? La respuesta es biológica y culinaria: la carne de los tiburones adultos es demasiado fibrosa y concentra un fuerte sabor a amoníaco, lo que la hace muy desagradable al paladar humano. Ante esto, Sánchez fue tajante al invitar a la reflexión ciudadana: «Que algo sea una tradición no quiere decir que sea correcto, no nos podemos comer a sus bebés».

Venezuela es un país privilegiado, ya que en sus aguas habitan 67 especies distintas de tiburones. Sin embargo, la caza incesante de sus crías para el consumo humano ha provocado un daño tan severo que los propios científicos aseguran que hoy en día «quedan muy pocos» ejemplares nadando en nuestros mares.

 

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