
Tubos retorcidos, láminas oxidadas, techos que penden peligrosamente por un costado de los perfiles que alguna vez los sostuvieron y una espesa maleza es lo único que se puede apreciar en las supuestas paradas de transporte público ubicadas a lo largo de las avenidas Antonio de Berrío, Dalla Costa y la avenida Guayana, entre otras arterias viales de la ciudad.
El tan pregonado embellecimiento de Ciudad Guayana no pasa de ser un cruel mito ante la cruda realidad que imponen las paradas del transporte público, sumidas en un avanzado y vergonzoso estado de destrucción allí donde existen, mientras que en otros tramos vitales ni siquiera hay rastro de este beneficio elemental para quienes dependen de un autobús.
Cientos de usuarios que transitan a diario por rutas autorizadas por las líneas del servicio carecen por completo de un lugar digno donde resguardarse de las inclemencias del sol o las torrenciales lluvias, obligados a soportar la intemperie mientras las casillas que debieron ser protegidas por las autoridades se hallan reducidas a chatarra inservible.
Estructuras fantasmas devoradas por el óxido
El óxido se ha apoderado por completo de las osamentas metálicas. La falta absoluta de mantenimiento oficial hizo que los techos plásticos de antaño se desvanecieran por completo, dejando remanentes que amenazan con desplomarse en cualquier momento, pendiendo de un hilo y completamente carcomidos por hongos y humedad.
Ante este panorama desolador, el ciudadano Carlos Guzmán sentencia que las paradas son indispensables para ordenar la ciudad y educar a la ciudadanía en la cultura vial, reprochando que hoy en día sean una rareza las estructuras que se encuentren en condiciones mínimamente óptimas para su uso.
Usuarios desprotegidos y a merced de la inseguridad
Caroní se jacta de ser uno de los municipios del estado Bolívar con mayor recaudación tributaria, pero la realidad en la calle golpea con dureza a los sectores más vulnerables.
Gloria Hernández denuncia con indignación que los miles de usuarios que mueven la economía local son los grandes burlados: «Mientras el pasaje aumenta mes a mes, seguimos viajando parados y apretados en unidades colapsadas, aunado a que casi todas las paradas de la ciudad están destruidas y abandonadas por la alcaldía».
La denunciante recalca que las garitas quedaron reducidas a esqueletos metálicos desprovistos de techos, asientos y, lo que es peor, de alumbrado público. Al caer la noche, aguardar un microbús en estos puntos se transforma en una ruleta rusa y un peligro latente frente a la delincuencia desatada.
En la misma línea, una ciudadana identificada como Ana relata que le toca esperar la unidad cerca del módulo de Manoa y del par de andenes situados en la avenida Antonio de Berrío: ambos están destrozados y uno de ellos ya fue tragado literalmente por la maleza urbana.
Un municipio a oscuras y sin semáforos
La lista de la indolencia gubernamental se extiende a las garitas desmanteladas ubicadas a pocos metros de la redoma adyacente a Sutiss–Manoa, así como la situada en las inmediaciones del puesto de la Guardia del Pueblo, a un costado del Polideportivo El Gallo.
Por si fuera poco, el caos vial se agrava peligrosamente en puntos críticos como el cruce adyacente a la Estación de Servicio PDV San Félix, donde los semáforos sencillamente desaparecieron. Los lugareños advierten que la inacción municipal ya ha provocado múltiples accidentes de tránsito ante la ausencia total de mecanismos de control vehicular.
Ante esta calamidad generalizada, los usuarios del transporte público alzan su voz para exigirle directamente al alcalde Yanny Alonzo que asuma sus competencias, rescate el parque de paradas de la ciudad, restituya la iluminación, instale asientos adecuados y reponga urgentemente los semáforos indispensables en esquinas neurálgicas como el cruce entre la avenida Antonio de Berrío y la carrera Mariño.
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