Calles rotas, invadidas de maleza, aguas negras y blancas. Foto: Níger Martínez

Bajo un sol abrasador que ilumina cráteres kilométricos y maleza indómita, la calle Tavera Acosta, eje neurálgico de Los Sabanales, parroquia Dalla Costa, en San Félix, se desmorona ante la indiferencia oficial. Peatones resbalan en lodazales, autos se atascan en huecos del tamaño de cráteres lunares, y solo una placa oxidada y doblada por el tiempo susurra el nombre de esta vía que conecta barrios enteros con la avenida Dalla Costa.

Los años se llevaron la calle, como un río inexorable que arrastra memorias. Pedro, un septuagenario del barrio, observa desde su porche cómo el asfalto puesto por el exalcalde José Ramón López se disolvió en un camino de tierra y piedras. «Botes de aguas blancas y negras bajan como avalanchas desde Los Sabanales, UD-145, UD-146 y caen en la quebrada La Viuda, cuya alcantarilla atraviesa Los Arenales y Sabana de Piedra».

Vecinos evocan el silbido fantasmal del tren Ferrominera Orinoco. Aquel coloso de hierro, que traía toneladas desde el cerro El Florero en El Pao hasta Palúa, pasaba rozando esta calle; hoy, solo quedan algunos rieles oxidados y el eco de la locomotoras en la memoria colectiva. «Pasar de un lado a otro en carro es imposible; solo a pie, sorteando botes cloacales», añade otro vecino, con las manos en alto como quien reza por un milagro vial. Cada paso es una odisea, un recordatorio de cómo el progreso minero se convirtió en ruina cotidiana.

Desidia gubernamental

La maleza se tragó la calle, transformándola en un pantano que devora lo que fue pavimento. Bocas de visita colapsadas vomitan residuales fétidos, y la oscuridad nocturna, sin un solo foco de alumbrado público, invita a la delincuencia a acechar en las sombras.

«La inseguridad nos tiene presos en casa después del atardecer; los hampones usan esta oscuridad para sus fechorías», confiesa un lugareño que empuja su moto averiada entre pozos, con el sudor perlando su frente y el miedo en los ojos.

Esta vía cruza Los Sabanales, UD-145, UD-146, Los Arenales y Las Piedritas, pero el colapso es universal: ningún gobierno municipal o regional ha tocado estos botes crónicos que inundan todo a su paso, desde tiempos inmemoriales. La quebrada La Viuda, con su caudal traicionero, lame los bordes y arrastra sueños de normalidad.

Residentes, con sudor y resignación, exigen al alcalde de Caroní y la gobernadora de Bolívar no promesas vacías, sino acción concreta que pueda poner en alto el nombre del escritor Manuel Tavera Acosta, quien en los actuales momentos agoniza como testigo mudo de un abandono que huele a aguas estancadas y olvido político, un grito silenciado en el corazón de San Félix.

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