
La muerte no avisa. Llega sin pedir permiso, irrumpiendo en la rutina diaria y obligando a los vivos a resolver, en medio del asombro y la pesadumbre, el trámite más inevitable de la existencia. Ante esa certeza, donde las diferencias sociales se desdibujan por completo, la dignidad del ritual de despedida se convierte en el único consuelo posible. En San Félix, ese proceso encuentra su escenario en la Funeraria Santa Bárbara.
Al cruzar el umbral de su sede, la atmósfera cambia. Las luces son tenues, diseñadas para amainar la estridencia del mundo exterior. Cuatro cirios encendidos escoltan el reposo en las capillas ardientes, recientemente remodeladas durante una segunda fase de reestructuración edilicia.
Juan Vicente Merengote, presidente del grupo GYE Santa Bárbara, camina por el pasillo central Flanqueado por hileras de butacas. Explica que el espacio fue ampliado no solo para albergar a más deudos, sino para ofrecer un confort silencioso. Aquí, cada capilla se adapta a la fe de la familia; los símbolos religiosos o institucionales se mueven según los valores de quien ya no está.
A un lado del corredor principal se encuentra un espacio distinto, donde el silencio pesa de otra manera; la capilla angelical. Es un rincón reservado de forma exclusiva para los niños, donde la escala del dolor exige un entorno resguardado, en el que no hay cabida para la velación de un adulto. Más adelante, hacia uno de los extremos, se ubica el cenizario, un área acondicionada para custodiar las urnas cinerarias que resguardan el fruto de la cremación.
Crematorio
En esta sede opera uno de los dos únicos crematorios disponibles en toda Ciudad Guayana. Aunque el movimiento de los velatorios tradicionales experimenta altas y bajas a lo largo del mes, el área de incineración mantiene una actividad constante, entre 60 y 70 cuerpos son reducidos a cenizas cada treinta días en sus instalaciones, reflejando un cambio paulatino en las costumbres funerarias de la región.
Pero el servicio exequial no comienza en la sala de velación; empieza en la trastienda técnica y artesanal. Santa Bárbara opera como una empresa familiar que confecciona sus propios ataúdes en talleres internos, moldeando el metal y la madera según la preferencia o las posibilidades de cada cliente.
En las áreas privadas de preparación, los especialistas aplican la tanatopraxia y la tanatoestética; un trabajo riguroso de conservación, higienización y arreglo estético que busca retardar la descomposición natural y devolver al rostro del fallecido un semblante de paz, facilitando el primer paso del duelo para sus familiares.
De acuerdo al bolsillo
«Avanzamos de acuerdo al tiempo en el que vivimos», señala Merengote al reflexionar sobre la dinámica del sector. La empresa, afiliada a la Asociación de Profesionales de la Industria Funeraria (Asoproinfu), ha optado por no depender de gestores ni intermediarios.
Cada trámite se realiza de forma directa en sus oficinas para garantizar la transparencia en momentos de vulnerabilidad emocional. Asimismo, han diseñado tres escalas de servicios que son: alta, media y baja para que cualquier familia, sin importar su condición económica, pueda acceder a unas exequias dignas.
Mientras la empresa proyecta la construcción de un osario para el resguardo de restos óseos exhumados, la vida cotidiana de la funeraria sigue su curso. Entre el humo sutil de los velones y el trabajo constante en sus talleres, la Funeraria Santa Bárbara cumple ocho años funcionando como esa parada técnica e inevitable donde la técnica, la fe y la memoria se encuentran para dar el último adiós.
¡Síguenos en nuestras redes sociales y descargar la app!













