El Progreso, una comunidad que carece de todos los servicios básicos, 40 años abandonado este sector y amenazado por un basurero. Foto: Níger Martínez

En el fondo de lo que alguna vez fue un saque de arena, la lluvia no solo trae alivio al calor guayanés, trae miedo. Cada vez que el cielo se nubla en la parroquia Vista al Sol, las correntadas bajan desde el barrio Cristóbal Colón hacia la hondonada de El Progreso, amenazando las humildes estructuras donde habitan casi 300 familias que sobreviven entre la precariedad y un vertedero de basura improvisado.

Ubicada en medio de Cristóbal Colón y adyacente a los sectores Libertador y Kuwait, la comunidad de El Progreso lleva en sus cimientos una historia de resistencia. Según sus fundadores, este terreno ha sido testigo de al menos ocho intentos de invasión a lo largo de más de 40 años. Hoy, pese al tiempo transcurrido, la palabra «progreso» no pasa de ser una ironía en sus calles.

En este sector de Caroní son contadas las casas hechas de bloque. La gran mayoría de las viviendas son barracas levantadas con láminas de zinc oxidado, trozos de madera y telas. La maleza ha ido ganando terreno en los caminos de tierra, mientras que la electricidad y el agua llegan de milagro, canalizadas a través de conexiones artesanales que cuelgan de postes improvisados.

A este panorama se le suma una disputa diaria, el vertedero a cielo abierto que se ha formado en una de sus vías principales. «Todos los días peleamos con la gente que viene de Cristóbal Colón y zonas aledañas a tirar basura. Ya no sabemos qué hacer para evitarlo», lamenta uno de los vecinos.

Manos que edifican el futuro

Naibelis Contreras, de 21 años, vive en una pequeña casa de zinc y madera que levantó con sus propias manos y el apoyo de su familia. Llevaba apenas seis meses instalada allí cuando decidió independizarse para estar cerca de su madre, quien reside en la calle Las Flores de Cristóbal Colón.

Madre de una niña de tres años, Naibelis no pudo culminar el bachillerato; se quedó en cuarto año. Sin embargo, no se rinde. Mientras planea retomar sus estudios e ingresar a los cursos del Inces, se gana la vida de forma independiente; arreglando y pintando uñas en la comunidad para llevar el alimento a su hogar.

Para ella, el mayor temor no es la falta de espacio, sino la insalubridad. «Al barrio le falta de todo. Solo le pido al alcalde de Caroní y a la Gobernación del estado Bolívar que eliminen ese basurero. Le tengo pánico a las ratas, cucarachas y plagas que se meten a la casa por culpa de la acumulación de desechos», señala. Agrega que el camión del aseo urbano brilla por su ausencia y que las fallas eléctricas son la constante de cada semana.

Dos décadas esperando el cambio

La historia de Carmen Lisboa no es muy distinta. Llegó a El Progreso hace más de 20 años procedente de Los Clavellinos. En aquel momento, levantó su rancho de zinc pensando que sería una medida temporal mientras llegaba la consolidación del sector. Dos décadas después, la realidad no ha cambiado.

«Los servicios que tenemos los hemos conseguido por nuestros propios medios: trajimos el agua pegándonos de Cristóbal Colón y la luz la jalamos con pedazos de guaya y alambre de púa montados en postes de madera», relata Carmen.

Esa improvisación pasa factura durante las lluvias. Las guayas colgadas sin protección echan chispas y provocan cortocircuitos que atemorizan a los residentes. Por ello, la comunidad exige a Corpoelec el tendido eléctrico formal y la colocación de postes dignos antes de que ocurra una tragedia.

Un clamor por la consolidación

José Borges es uno de los pobladores más antiguos del lugar; tiene cerca de 45 años viendo evolucionar la zona desde que era un yacimiento de extracción de arena.

«Aquí falta absolutamente todo. El mayor problema que tenemos es el basurero porque atrae moscas, ratas y culebras. Además, para tener luz en mi casa tengo que traérmela desde un poste que está a varios metros y no tengo los recursos económicos para hacer esa instalación como se debe», explica Borges.

El veterano poblador confía en que esta octava ocupación sea la definitiva para que el sector se transforme en una comunidad organizada. Su lista de peticiones es la misma que comparte todo el sector: agua por tubería formal, red de aguas servidas, asfaltado, aceras, brocales y la intervención de la Dirección de Urbanismo de la Alcaldía de Caroní.

Al final de la jornada, El Progreso refleja la realidad compartida de la periferia de San Félix: una comunidad rodeada de carencias, calles intransitables, fallas en el transporte público y el anhelo intacto de sus habitantes de vivir con dignidad.

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