
A Basilia de Azocar le cuesta conciliar el sueño cuando el cielo de San Félix se torna gris oscuro. No es el trueno lo que la asusta, sino el silencio que precede al desastre. Con 50 años viviendo en la calle Negro Primero, ha aprendido que en su barrio el invierno no es una bendición, sino una amenaza que baja con furia desde la calle Macedo.
Allí, donde comienza un colector que atraviesa Las Américas hasta la calle Morazán, la ingeniería ha sido derrotada por la desidia y la falta de conciencia. Lo que debería ser una vía libre para el agua de lluvia es hoy una garganta obstruida por toneladas de escombros. La paradoja es cruel: son los mismos vecinos quienes, al arrojar sus desperdicios al drenaje, alimentan al monstruo que luego inunda salas y habitaciones de otros residentes.
Una lucha a punta de rastrillo
Hace apenas tres semanas, la naturaleza dio un aviso. El aguacero no tuvo piedad. En cuestión de minutos, la alcantarilla colapsó, «escupiendo» una mezcla espesa de tierra, basura y agua que convirtió las calles en ríos de escombros.
En Renny Ottolina y calle Negro Primero, la escena fue de guerra. Hombres y mujeres salieron bajo la tormenta, armados solo con escobas y rastrillos, intentando desviar el cauce para que el agua no se llevara lo poco que tienen. Cuando la lluvia cesó, no quedó el olor a tierra mojada, sino un rastro de basura regado por las calles Río Claro, Negro Primero y la principal del sector Renny Ottolina, dejando la ruta intransitable para cualquier vehículo.
El olvido pavimentado de huecos
Caminar hoy por la calle Negro Primero es sortear un campo minado. Hay cráteres de todos los tamaños que, al llenarse de agua estancada, se convierten en criaderos de enfermedades. Un inmenso agujero, nacido de una boca de visita colapsada, recuerda que el mantenimiento de la alcaldía ha sido, en el mejor de los casos, superficial.
“Antes venían, limpiaban, se sentía el mantenimiento. Ahora, los trabajos son insuficientes”, comentan los afectados.
Pero la culpa tiene dos caras. Isamar de Odremán, residente de la vía principal del sector Renny Ottolina, no duda en señalar lo que muchos callan: la falta de conciencia. El drenaje no solo sufre por la maleza que lo asfixia en los bordes, sino por la mano del hombre que lo usa como vertedero clandestino.
Entre cables y aguas negras
El drama no solo está en el suelo. Arriba, las guayas del tendido eléctrico bailan con el viento y chocan entre sí, provocando cortocircuitos que dejan a oscuras a una comunidad que ya se siente ciega ante la falta de respuestas.
A 30 años de su fundación, el asfalto sigue siendo un mito en Renny Ottolina y calle Negro Primero de Las Américas. Las tuberías de aguas negras, pensadas para otra época y otra densidad poblacional, hoy se quedan cortas, rebosándose y mezclando olores fétidos con el agua de lluvia.
Hoy, la exigencia es clara y urgente: no más «pañitos de lágrimas». Los vecinos piden un reemplazo total de la red de aguas negras, un saneamiento real del colector y, finalmente, el asfalto que se les ha negado por tres décadas. Mientras tanto, Basilia y sus vecinos seguirán mirando al cielo con desconfianza, esperando que el próximo aguacero no los encuentre dormidos.
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