

Quien camina por primera vez por las calles del sector Cristóbal Colón, en la parroquia Vista al Sol de San Félix, difícilmente adivina que tras esos muros corroídos por el hongo y el óxido funciona una escuela. A simple vista, la estructura parece un espacio abandonado o un centro de reclusión a la deriva. La garita de seguridad de la entrada principal yace destruida a fuerza de martillazos, la cerca perimetral desapareció tramo a tramo a manos del hampa y los ventanales perdieron sus vidrios hace años. Sin embargo, allí dentro, más de 600 niños y adolescentes intentan construir su futuro.
Con apenas 19 años de fundada, la Unidad Educativa Nacional Irene Figueroa se desvanece por la falta de mantenimiento estatal. Las filtraciones han colonizado los techos y la humedad impregna cada rincón del plantel. A un lado del barrio Libertador y El Progreso, la institución comparte el mismo aislamiento que sofoca a las comunidades circundantes, agravado por el temor del personal docente a denunciar públicamente la crisis, debido a las advertencias de sanción emitidas desde las autoridades educativas.

Del esplendor de «los Fundeli» al olvido por tuberías
La historia de esta infraestructura guarda memoria en la comunidad guayanesa. Años atrás, el recinto nació bajo el modelo de los Centros de Educación Inicial impulsados por la Fundación de la Infancia del Estado Bolívar (FUNDELI) durante la gobernación de Andrés Velásquez. Con las posteriores administraciones de Jorge Carvajal Morales, Rojas Suárez, Francisco Rangel Gómez y los cambios en el sistema educativo nacional, la estructura fue reestructurada para albergar desde educación inicial hasta media general. No obstante, para los vecinos sigue siendo «el Fundeli», aunque de aquel proyecto pionero hoy solo queden ruinas.
La cotidianidad dentro del plantel es una carrera contra la escasez. Por las tuberías de la escuela no sale una gota de agua desde hace años. Cuando el rugido del motor de un camión cisterna retumba en la calle, los maestros interrumpen sus labores para correr tras él y lograr que les vendan un poco del recurso. Con esa agua almacenada en recipientes no solo se mitiga la sed de los 600 estudiantes en medio del sofocante calor de San Félix, sino que también se preparan los alimentos diarios y se intenta mantener la higiene de los dos únicos baños que quedan a medio funcionar.

Sobrevivir a oscuras y a fuerza de rifas
La electricidad es otro lujo ausente. Para tener apenas un 25 % de iluminación en el recinto, la comunidad tuvo que ingeniárselas tendiendo pedazos de guayas desde un poste de la calle hasta las instalaciones. El resto del colegio permanece en penumbras, convirtiéndose al caer la noche en una «boca de lobo» apetecible para el vandalismo que ha desvalijado paulatinamente los espacios.
Pese a la ausencia de pupitres, la falta de profesores y el cerco institucional, la Irene Figueroa no ha bajado la santamaría gracias al sentido de pertenencia de sus educadores y representantes. Mediante rifas, colaboraciones de los padres y jornadas voluntarias de limpieza, la comunidad escolar ha logrado mantener en pie las actividades académicas.
Tras haber culminado el período escolar, el proceso de inscripciones para el nuevo año vuelve a abrirse en medio de las carencias. Entre el barro de los drenajes tapados por la maleza y las paredes desteñidas que alguna vez fueron blancas y azules, los padres y docentes de la parroquia Vista al Sol mantienen la esperanza de que, durante las vacaciones, el Ministerio de Educación finalmente vuelva la mirada hacia la Irene Figueroa y devuelva la dignidad a sus aulas.
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