Un niño fue captado este 1 de noviembre, al visitar la tumba de un familiar en el cementerio Cerro la Regla, durante la celebración del Día de Muertos, en el distrito provincial del Callao, en Lima (Perú). EFE/John Reyes

Cientos de deudos acudieron este domingo al cementerio de Nueva Esperanza, en el sur de Lima, para conmemorar el Día de los Muertos y rendir homenaje a sus familiares fallecidos. El recinto es reconocido como el más grande de Latinoamérica al extenderse sobre 60 hectáreas desérticas en el distrito de Villa María del Triunfo.

Desde las primeras horas del día, centenares de personas emprendieron el recorrido a pie por el lugar, cuyo crecimiento aleatorio sobre las laderas de los cerros dificulta la circulación vehicular. El flujo constante de visitantes se mantuvo desde el amanecer hasta el anochecer.

Tradición, ofrendas y homenaje a los seres queridos

Familias enteras, ancianos y jóvenes arribaron al lugar portando flores, globos, bebidas y recuerdos para compartir al pie de los nichos. Para la mayoría de los asistentes, esta visita constituye un ritual anual indispensable para honrar la memoria de padres, abuelos, hijos y hermanos.

La señora Estela La Rosa acudió a visitar la tumba de sus hijos, a quienes recuerda con profundo dolor tras tres años de su partida. «Soy su mamá y los extraño bastante», compartió emocionada al recordar a sus familiares en el sitio de descanso.

Fotografía aérea captada este 1 de noviembre que muestra un sector del cementerio Cerro la Regla, durante la celebración del Día de Muertos, en el distrito provincial del Callao, en Lima (Perú). EFE/John Reyes

Creencias populares y el esfuerzo del peregrinaje

El peregrinaje por el terreno irregular de Nueva Esperanza exige un notable esfuerzo físico, asumido por los dolientes como una muestra de devoción y sacrificio hacia sus difuntos. Rodolfo, uno de los asistentes, acudió a visitar la tumba de su hija fallecida hace 30 años a un mes de nacida, un hecho que atribuye a creencias populares sobre el «mal de ojo». Tras hallar restos de un animal en la sepultura, el ciudadano realizó una ofrenda a la tierra con cerveza antes de elevar sus oraciones.

Por su parte, la señora Lucía Silva, quien padece de fibrosis pulmonar, caminó lentamente hasta la tumba de sus padres, fallecidos en 1999 y 2005. «Siempre hay que recordarlos, son nuestros padres. Se han sacrificado tanto por nosotros, y nosotros por nuestros hijos. Es bastante sacrificado, hay que seguir caminando hasta llegar a nuestra meta», afirmó durante su recorrido.

Espacio de reencuentro e identidad familiar

Además del homenaje individual, la conmemoración en Nueva Esperanza funciona como un catalizador para la unidad de los hogares. Marcos Porras, de 36 años, acudió a visitar la tumba de un hermano fallecido durante una epidemia de cólera, así como las de los abuelos que lo criaron tras la pérdida de sus padres a los diez años de edad.

Porras mantendrá su recorrido trasladándose posteriormente al cementerio de Villa El Salvador para visitar a sus progenitores. «Desde los 16 años es una tradición que hago por mí y, en el camino, ya vienen mis hijas y me acompañan. Estos momentos nos unen; luego nos juntamos en la casa, hacemos una pequeña comida y ahí terminamos el día», concluyó.

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