Kiosco Miquirebo en la Paseo Las Américas de Puerto Ordaz, un punto de encuentro para conseguir el diario de su preferencia. Foto: Níger Martínez

En el pasaje que flanquea las oficinas de la antigua Eleoriente y las paredes donde una vez resonaron las rotativas de Nueva Prensa de Guayana, el tiempo parece haber quedado atrapado en un cubo de lata. En la fachada del Kiosco Miquirebo aún persisten, intactas como cicatrices luminosas, las calcomanías de los diarios nacionales y regionales que durante décadas alimentaron la conversación matutina de Puerto Ordaz.

Allí, custodiando la estructura, está Henry Marcano. A sus 63 años, Henry no solo vende confiterías y bebidas gaseosas que le consignan distribuidoras como Coca-Cola o Polar; administra, en realidad, las ruinas de un altar de papel que se resiste a desaparecer tras los embates de la pandemia, la asfixia económica y el letargo que envolvió al casco central de la ciudad.

El diseño de ese kiosco no fue fortuito. Nació del trazo de un arquitecto de la Alcaldía de Caroní entre 1990 y 1993, justo cuando el municipio emprendió la gran remodelación vial que reconfiguraría para siempre la avenida Las Américas.

Aquel proyecto de modernización buscaba liquidar los embotellamientos en las horas pico mediante la eliminación de las tres intersecciones giratorias icónicas que marcaban el ritmo de la doble vía: la redoma Celma Mir, a la altura de la Torre Loreto; la redoma de la CANTV, y la redoma de Chilemex. Al final, solo esta última, ubicada entre la calle Chile, que da paso a la urbanización Villa Alianza, y el corredor de Las Américas, sobrevivió al hacha del urbanismo de semáforos e incorporación directa que dio paso al Paseo Las Américas.

Aquel kiosco portátil y desmontable, concebido inicialmente para operar a un costado del Banco de Venezuela, tuvo una génesis itinerante. Su verdadera fundadora y anfitriona, Petra Rivera, madre de Henry, se rehusó a ser desplazada hacia zonas periféricas.

Petra traía consigo la escuela del oficio, años atrás había comenzado trabajando junto a un anciano en un puesto de periódicos pegado al edificio de la CANTV, en la avenida Venezuela. Al morir el propietario, ella asumió las riendas de la labor, batalló los traslados del rediseño urbano y rechazó la reubicación lejana hasta lograr que le cedieran un espacio en el estacionamiento de El Bigote del Abuelo.

Aquel mítico establecimiento nocturno y gastronómico tenía dos dueños, el socio de la mañana, que congeniaba profundamente con Petra, y el del turno vespertino, que buscó desalojarla en repetidas oportunidades. La perseverancia de la mujer y la mediación del primer socio esquivaron la expulsión, hasta que Petra obtuvo el permiso definitivo de los propietarios del edificio adyacente a la antigua Discoteca Excalibur, asentándose definitivamente en el callejón donde la estructura permanece anclada.

Amanecer de la tinta y el café

Hubo una época en que el mundo amanecía en el Kiosco Miquirebo antes de que el sol despuntara sobre el río Caroní. A las cuatro de la mañana, cuando las sombras aún envolvían los edificios del centro, la avenida cobraba una vida vibrante. Era el desfile incesante de los trabajadores de las empresas básicas y las contratas de la construcción, que caminaban desde sus apartamentos hacia las paradas de autobuses del Paseo Las Américas. A ellos se sumaba la marea estudiantil que se dirigía a las aulas del Diego de Ordaz I y II, el Liceo Guayana, la escuela Oscar Luis Perfetti, el Colegio Loyola Gumilla o la Escuela Nacional Villa Colombia.

Antes de abordar la unidad de transporte, la escala obligatoria era el puesto de Petra. Era un punto de convergencia donde altos dirigentes políticos, gremialistas y vecinos de a pie coincidían a primera hora para retirar la prensa. Mientras desguasaban un café humeante o compartían una empanada criolla o chilena acompañada de un jugo natural o un refresco, el lugar se transformaba en un parlamento improvisado de debates encendidos.

Por el mostrador del Miquirebo desfilaron las toneladas de papel que informaban al país y a la región: El Nacional, El Universal, El Mundo, Últimas Noticias, Meridiano y 2001; y la vibrante prensa local encabezada por el Correo del Caroní, Nueva Prensa de Guayana, El Luchador, El Expreso, El Bolivarense, El Progreso, El Venezolano, Diario de Guayana, El Guayanés y Primicia.

Henry recuerda con nitidez los días en que acompañaba a su madre y ayudaba en el despacho: veía a ejecutivos o ciudadanos comunes comprar hasta ocho ejemplares diarios para su consumo personal, mientras otros apartaban gruesos fajos destinados a las oficinas corporativas.

Prueba del abandono y el anhelo del retorno

Hace cinco años la voz de Petra se apagó, y Henry asumió la custodia del negocio familiar. A pesar de contar con un camión 350 con el que realiza fletes y mudanzas para subsistir, nunca abandonó el pequeño espacio de lata. Sin embargo, la llegada de la pandemia en 2020 y la parálisis económica propinaron un golpe letal al corazón del kiosco; la desaparición paulatina y total de los periódicos impresos. “El papel le daba vida al kiosco, era su mayor ingreso”, relata Henry con la mirada puesta en el asfalto.

El entorno también mutó en un paisaje de nostalgias. Henry atestiguó la muerte comercial de El Bigote del Abuelo, el cierre progresivo del Hotel Dos Ríos y la clausura de la tasca y locales que llenaban de dinamismo a la Torre Loreto. Hacia abajo, en las adyacencias del Banco de Venezuela, la soledad se volvió la norma.

Aunque reconoce que el tramo comprendido entre la Torre Loreto y la CANTV conserva mayor actividad y que en los últimos meses se percibe un tímido repunte en el tránsito peatonal del Paseo Las Américas, la rentabilidad dista mucho de los años de bonanza. Los altos costos de los productos de consumo masivo hacen que los clientes lo piensen dos veces antes de comprar, limitando la salida de la mercancía.

A pesar de las cicatrices del abandono urbano, Henry Marcano no claudica. Mantiene pulcra la pequeña casilla metálica, custodia el legado de su madre y mira el movimiento de la avenida con la paciencia de quien ha visto transformarse la ciudad a golpes de piqueta y crisis.

En el fondo, amparado por el murmullo de los vehículos que transitan por Las Américas, Henry confiesa un deseo que guarda con celo infantil: que Dios le conceda la oportunidad de ver, al menos una vez más, los titulares recién impresos reposando sobre el mostrador del Kiosco Miquirebo, cuyo nombre es el memoria del pueblo de este gran personaje, el cual lo vio nacer en el estado Sucre.

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