
En el corazón de La Montaña, un caserío agrícola de San Félix donde más de 50 familias siembran verduras y hortalizas para sobrevivir, el Puente La Esperanza era sinónimo de terror. Por más de 30 años, sus planchas de hierro oxidadas y huecos gigantes lo convertían en trampa mortal para peatones, motos y vehículos. «Tenía que pasar agarrada de alguien, temiendo caer al vacío», confiesa Claudia de García, residente de toda la vida, con voz aún temblorosa al recordar esos cruces diarios hacia la avenida Manuel Piar.
Todo cambió gracias a las voces amplificadas en soynuevaprensadigital.com y otros medios digitales. Trabajadores de la Corporación de Servicios Patrióticos de la Alcaldía de Caroní respondieron tras comenzar a reparar la estructura metálica, desmalezaron el acceso invadido por la selva urbana, empedraron el camino perdido y hasta instalan postes de alumbrado eléctrico en la entrada. «Ahora puedo cruzar con confianza, es el primer gobierno que nos ve», celebra García, aunque advierte: el agua del río sigue impropia para beber y un camión cisterna difícilmente pasará por el puente renovado.
Voces de gratitud y anhelos pendientes
Luis García, pastor de la iglesia evangélica local, ve en estas obras un rayo de esperanza para sus feligreses. «Nos da alas para cosechar y vender en el mercado; beneficiará a 50 familias», dice, mientras señala 4 hectáreas disponibles para una escuela o módulo de salud.
Angie Rodríguez y Yelitza Salazar aplauden al alcalde Yanny Alonzo y la gobernadora Yulisbeth García por escuchar, pero insisten en una visita directa: «Entremos juntos, vean el abandono de cerca». Recuerdan promesas de asfaltado y ayuda contra inundaciones que aíslan el sector cuando el río desborda.
Dicen que este sector agrícola era un fantasma para las autoridades: nadie lo conocía hasta que las denuncias vecinales irrumpieron en soynuevaprensadigital.com y otros medios digitales.
El agua potable emerge como el talón de Aquiles. «Necesitamos pozos profundos para consumo humano; el río no sirve», la mayoría de los residentes carece de tanques. Los pocos que tienen uno de mil litros lo ven ceder ante reparaciones imposibles.
Dicen que cuando el río crece, La Montaña queda incomunicada, un aislamiento que aterra a sus habitantes. «Solicitamos reparar la vía de acceso hacia la comunidad Manuel Piar, adyacente a El Rosario, para transitar en vehículos», clama Angie Rodríguez.
Peor aún, la delincuencia ha saboteado la electricidad, guayas de alta tensión robadas, dejan solo postes desnudos, y aún hay campesinos sin luz en sus casas.
Un futuro fértil, si las promesas germinan
Tomás Antonio Rengel, agricultor con hectáreas listas para rublos y más cultivos, sueña con bajar precios en los mercados. «Limpio con machete, tardo días; necesito motoguadaña o desmalezadora para avanzar», implora.
El agua potable, pozos profundos, tanques y mangueras emergen como prioridades en este rincón donde no hay colegio, dispensario ni transporte público. La recuperación del puente es un triunfo comunitario, pero La Montaña espera que no sea solo un parche: que las autoridades regresen para tejer un futuro digno en esta tierra fértil y resiliente.
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