Bodega Las Dos Esquinas del Viejo Manuel, un lugar que permanece mudo ante la presencia de aquellos que crecieron en este sitio. Foto: Níger Martínez

Hay lutos que no se llevan sobre la ropa, sino en la arquitectura de las calles. En la intersección de la carrera Jorge Washington con la calle San Martín, el tiempo parece haberse detenido frente a una estructura de bloques con la santamaría abajo, con esa palidez que solo le da el abandono a los lugares que alguna vez estuvieron llenos de vida. Allí funcionó Las Dos Esquinas, la bodega donde el viejo Manuel resoplaba y regañaba cada vez que la muchachada del barrio convertía su acera en el centro del mundo.

Cada bodega atesora una historia en cada calle de Las Américas

Más de 80 años de historia

El sector Las Américas, con sus más de ochenta años a cuestas, sus catorce calles y sus siete carreras, no siempre tuvo el silencio que hoy lo envuelve. En sus inicios, las calles eran surcos de tierra flanqueados por casitas de zinc y madera. Poco a poco, la geografía urbana fue cambiando, apareció la Escuela Nacional Las Américas, se levantaron las casas rurales y, más tarde, el gobierno trajo los brocales, las aceras y el asfalto.

Pero mucho antes de que el pavimento cubriera la polvareda, el verdadero corazón de la comunidad latía en sus esquinas. Llegó a haber más de treinta bodegas repartidas por todo el barrio, aunque ninguna tenía el magnetismo -ni la paciencia a prueba de balas- de Las Dos Esquinas.

A partir de las diez de la mañana, la esquina del viejo Manuel comenzaba a poblarse. Manuel, un hombre de ceño fruncido que veía con recelo cómo sus dos hijos menores se entretenían con aquellos “mala cabeza” de la cuadra, salía a correrlos entre gruñidos. No había caso. Los muchachos regresaban por la tarde y se quedaban hasta la noche. El sonido de la chapita impactando contra el palo de escoba y las risas estruendosas eran la música de fondo de una época donde estar juntos no requería convocatoria previa.

Son muy pocos las bodegas que siguen con la santamaria arriba

Añoranzas

Eran los años setenta, un tiempo de hallazgos comunitarios. Cuando la bodega de Manuel todavía era una humilde estructura de zinc, una de las familias de la cuadra compró un televisor en blanco y negro. Aquel aparato no era un simple electrodoméstico; era un milagro tecnológico. A las seis de la tarde, los niños del barrio hacían fila en la sala vecina para ver las comiquitas a través de la única señal que lograba cruzar el aire de Guayana: el Canal 8.

Ver televisión en esa época era un acto colectivo y casi sagrado, pero también una proeza. A las seis en punto comenzaba la liturgia de la antena; un muchacho encaramado en el techo, ajustando la ‘espina de pescado’ de aluminio contra el viento, mientras desde la sala otro gritaba por la ventana: «¡Ahí, ahí! ¡No la muevas más!… ¡No, espérate, se volvió a ir la imagen!». Y así, entre la estática de la pantalla y el sonido del barrio viviente, transcurrían los días. Con el paso de los años, Manuel transformó su negocio de zinc en una sólida edificación de bloques, pero el espíritu del lugar siguió siendo el mismo.

Cada muchacho del barrio para ese momento tenía una negocio de su preferencia

Una señal que no volverá a encenderse

Hoy, la carrera Jorge Washington luctuosa y vacía parece no acordarse de sí misma. El viejo Manuel ya no está tras el mostrador para regañar a nadie. De aquellos jóvenes que jugaban chapita bajo el sol de San Félix, algunos han partido de este mundo y otros caminan lejos, dispersos por geografías ajenas a la tierra que los vio crecer.

Casi todas las bodegas del barrio tienen hoy sus santamarías caídas, oxidadas por el desuso. Las Dos Esquinas es apenas un espectro gris en una esquina solitaria. La costumbre de encontrarse, de mirarse a los ojos y arreglar el mundo en una acera se extinguió, dejando en Las Américas la certeza melancólica de que hay épocas que, por más que se añoren, jamás volverán.

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