El barrio Cristóbal Colón no escapa del abandono gubernamental, con más de 50 años de fundado los vecinos no tienen red de aguas negras. Foto: Níger Martínez

Hay lugares donde el tiempo no avanza, simplemente se desgasta. En la parroquia Vista al Sol, en el corazón de San Félix, yace la comunidad Cristóbal Colón. Fundada hace más de cincuenta años por hombres y mujeres que soñaban con un próspero porvenir, hoy el barrio muestra las marcas del abandono: láminas de zinc oxidadas que gimen con el viento, paredes de bloques desgastadas cuyo friso cae en pequeñas conchas tostadas por el sol y caminos donde el asfalto cedió su lugar a la tierra y a los cráteres.

Caminar por la calle Las Flores exige una concentración casi mística. Los huecos en la vía están separados apenas por centímetros, obligando a los pocos vehículos que se aventuran a realizar maniobras imposibles. Pero el deterioro no es solo estético; se respira en el aire. Desde hace años, el camión recolector de desechos pasó a ser una leyenda urbana. Los vecinos recuerdan vagamente una vieja compactadora verde que un día dejó de pasar, obligando a las familias a convertir un terreno baldío al final de la vía en un vertedero improvisado. La basura se acumula entre moscas y malos olores, convirtiéndose en el mudo testigo de una gestión que nunca llegó a resolver los problemas de la gente.

Tuberías sin alma

Para los habitantes del sector, el agua dulce que fluye por los grifos forma parte del pasado. “Llega una vez a la cuaresma”, murmura una vecina mientras contempla un tambor plástico vacío. En este rincón de la parroquia Vista al Sol, la ausencia del líquido vital obliga a las familias a recortar sus presupuestos ya golpeados para pagar cientos de bolívares a cisternas privadas. Las redes de aguas servidas jamás se construyeron por completo; por ello, la mitad del vecindario sigue atrapada en el siglo pasado, dependiendo de pozos sépticos que amenazan con desbordarse cada vez que la lluvia azota la zona. La electricidad, inestable y caprichosa, se interrumpe sin previo aviso, dejando las casas a oscuras y quemando los pocos electrodomésticos que con tanto esfuerzo se han logrado adquirir.

Memorias que duelen

Migdalis Yánez nació en este suelo hace medio siglo. Hija de los fundadores que levantaron las primeras paredes del barrio, ha sido testigo en carne propia del lento naufragio de su comunidad. En su modesta vivienda, donde atiende una pequeña bodega para complementar lo que su hijo consigue trabajando de sol a sol, sostiene la mirada cuando se le pregunta sobre la calidad de vida en el lugar. Sostiene a cinco nietos pequeños y conoce al detalle cada carencia del sector.

Al pedirle que rescate algún aspecto positivo del lugar donde ha vivido toda su vida, guarda un prolongado silencio, mira sus manos gastadas y baja la cabeza: no hay nada que celebrar. Salir del barrio para trabajar o ir al médico es otra travesía; implica caminar largos trechos hasta la ruta 8 para disputarse un puesto en una «perrera» saturada y luego tomar un segundo transporte que consuma el poco efectivo del día.

Aulas en silencio

El impacto más profundo de esta crisis no se mide en metros de tubería ni en sacos de cemento, sino en las miradas cansadas de los niños del sector. La deserción escolar recorre las calles en horarios donde los cuadernos deberían estar abiertos. La pobreza extrema ha acorralado a los padres de familia, situándolos en la encrucijada de elegir entre comprar la comida del día o adquirir un cuaderno y un par de zapatos. A la falta de recursos se le suma el deterioro de las propias escuelas de la zona, cuyas deficiencias estructurales terminan siendo cubiertas por la colaboración desesperada de los mismos representantes.

Esperanza que insiste

A pesar de la sombra que proyecta el olvido institucional, en Cristóbal Colón la vida insiste. En los patios traseros, los vecinos comparten el agua de los pocos tambores que quedan; en las esquinas, las madres se organizan para cuidar a los niños de la cuadra mientras otros buscan el sustento. Esta comunidad no pide lujos ni promesas grandilocuentes; solo exige la restitución de los derechos más elementales para que sus niños dejen de crecer entre pozos sépticos y vertederos, y para que envejecer en el barrio vuelva a ser un acto de dignidad y no una condena al olvido.

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