La vox populi suele detenerse en los matices más sombríos para definirlo: la sombra de la mendicidad, el susurro de una locura que acecha su existencia y la ausencia palpable de un hogar o lazos familiares tradicionales. Sin embargo, tras ese velo de prejuicios, emerge la figura luminosa que sus allegados defienden con fervor: la de un hombre versado en las bellas artes, un espíritu rebosante de sabiduría y poseedor de una astucia singular.
Orígenes e inspiración
Nació en 1957, en esa Ciudad Bolívar «donde nace la Patria», según sus propias palabras. Su vínculo con el arte germinó en la infancia. En una entrevista con el productor Salcedo, Martínez relató que su padre, Francisco Martínez, mantuvo una estrecha amistad con el célebre Armando Reverón. Aunque su progenitor no era artista, conectaba con el «Loco de Macuto» a través del mar: mientras Francisco pescaba mar adentro, Reverón se entregaba a la pintura en la orilla.

Esas historias forjaron su camino. Su debut en las tablas ocurrió a los 12 años, cursando el 6.° grado en la escuela Diego de Ordaz, donde interpretó a un elefante en plenos carnavales. Desde entonces, el teatro fue su norte. Es el único de su familia volcado a este oficio; ni sus padres ni sus siete hermanos compartieron su vocación, y aunque tiene primos músicos, no fueron ellos su fuente de inspiración.
La forja de un actor
Miguel Martínez consolidó su formación en la Escuela Funcional de Teatro José Camacho, en Caracas. Se graduó el 17 de diciembre de 1985, una fecha cargada de simbolismo patrio que él mismo interpreta con mística: «Muere Simón [Bolívar], pero nace, años después, un actor para interpretarlo».
Su sed de aprendizaje lo llevó a realizar talleres en el Centro Internacional de Teatro Latinoamericano y a formarse como dramaturgo en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Allí trabajó junto a Rodolfo Santana, figura clave del cine y la dramaturgia venezolana, con quien refundó el Teatro Universitario (T.U.). También compartió espacios con el director Luis Márquez Páez en la Asociación de Profesionales del Teatro, una etapa de la que se siente profundamente orgulloso por haber caminado entre «grandes maestros».
Tras 15 años de inmersión cultural en la capital, regresó a Puerto Ordaz, integrándose plenamente en los espacios culturales de Ciudad Guayana.

Personaje infinito
«Es un personaje en todo el sentido de la palabra», afirma su amigo José Collazo, escultor y actor. «Le tengo un respeto absoluto porque vive su personaje». Esta entrega total explica su estética: un hombre moreno de mirada azul penetrante, barba teñida de añil y calzado dispar (producto de errores de inventario de Traki). Su barba azul es un tributo a la «época azul» de Reverón, a quien personifica desde hace casi una década.
Para José Lanz, director de la Sala de Arte Sidor, Martínez es un artista en cuerpo, corazón y mente. Su realidad es difusa: «Puede ser difícil descifrar su vida; quizás te cuenta algo que le ocurrió a él, o algo que le pasó a otro, o mezcla su biografía con las de Bolívar y Reverón».
Por su parte, Juan Carvajal, de la UCAB Guayana, lo define como una mezcla de «loco, soñador y disruptivo». Su disrupción no es solo teórica; vivió durante seis meses en la casita de vigilancia de la Plaza del Hierro hasta que fue desalojado. Lanz recuerda, entre risas, que incluso intentó «alquilar» dicho espacio a un indigente.
Entre el cine y la artesanía
Su informalidad es parte del mito. Jose Zamora, director de la película El Salto de los Ángeles, relata que Martínez llegó hora y media tarde a su entrevista, pero no lo vio como un defecto, sino como un rasgo de su naturaleza. En dicho filme, Miguel interpreta al abuelo, un papel que obtuvo no solo por su parecido físico, sino tras superar un casting formal. Durante el rodaje, aprovechó para instruir a los niños del elenco en el arte de la actuación.
Además de actor, es un artesano autodidacta. Por sugerencia de Lanz, comenzó a crear piezas con materiales reciclados. Su creatividad es tan impulsiva que, una semana antes de su primera exposición, había vendido todas las obras que debía presentar, obligando a todo el personal de la Sala de Arte a correr junto a él para producir nuevas piezas en tiempo récord.
Hombre tras la máscara
Aunque reservado con su intimidad, habla con orgullo de sus hijos, Miguel y Anna, quienes residen en Ciudad Bolívar con su madre, Zaira Cordero, conocida como «La Nena». Su historia de amor nació de un beso audaz de Zaira durante una despedida, aunque los motivos de su separación permanecen bajo llave.
Políticamente, se define como «socialista y antiimperialista». En sus redes sociales rechaza la colonización, argumentando que la mezcla cultural borra a los «dioses reales» (el sol, la luna y las estrellas). Pese a sus convicciones, posee una vanidad actoral: para sus retratos oficiales, suele ocultar sus prendas políticas y arreglarse con esmero.
Sobre los rumores de su estilo de vida y el consumo de alcohol, sus amigos minimizan los incidentes —como perder pertenencias al quedarse dormido en plazas— viéndolos como «gajes del oficio». Defienden con firmeza que no es un indigente: tiene casa, comida y, sobre todo, ha elegido vivir bajo sus propios términos.

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