La agrupación Teatro Antares de la Unexpo presentó «Oraculum: El legado de Tebas», sumergiendo al público de Ciudad Guayana en una experiencia teatral visceral.

La obra, una cruda y sublime adaptación del clásico Edipo Rey de Sófocles, demostró que las tragedias griegas siguen latiendo con fuerza cuando el talento local toma el escenario.

Entrando al lugar, en un previo a la obra, el público esperó alejado del escenario mientras se les dejó disfrutar de un suave instrumental casi místico, como esas canciones reflexivas que invitan a la introspección.

En ese momento de espera pre-evento, solo la suave música y el murmullo de las conversaciones entre los 18 visitantes llenaba la Sala de Arte de Sidor. Hasta que un: “Bienvenidos, ya pueden pasar” dio la pauta.

Todos entraron y cada uno de los asistentes, entre conversaciones que no cesaron de inmediato, tomó su asiento.

La habitación estaba llena de un aire mágico: el olor a incienso y el instrumental donde predominaban las nostálgicas notas de un violín.

Todo inició con una chica de tez morena y cabellos negros que, arrodillada, encendió una hilera de velas al borde del escenario, marcando una frontera luminosa entre el público y los actores.

De pronto, una voz profunda rasgó el ambiente: «¿Cuántas personas quieren saber?». Esta frase, rotunda y solemne, apagó de golpe cualquier murmullo. La obra había arrancado.

Bajo la magistral adaptación de Maria Fernanda Sutta —quien también forma parte del elenco junto a Leidi Moccó, Ariadna Maiz, Albeni Leo Gil y Rebeca Zerpa—, la puesta en escena arrancó en total oscuridad, guiada por una narración que sirvió de abrebocas para las tres fracturas emocionales que estructuran el espectáculo.

La profundidad de las voces y la intensidad de las interpretaciones lograron sumir al espectador en un trance absoluto.

El primer acto nos arroja al abismo de Yocasta, la madre y esposa. Aturdida por el peso de un incesto que ignoraba, la reina no soporta la aberración de su realidad y decide quitarse la vida.

Antes de su final, Yocasta se derrama un jarrón de agua encima y se despoja de sus ropas de reina. El agua representa un intento desesperado de purificación, de lavar el «pecado» y la mancha de su linaje; mientras que el acto de quitarse sus vestiduras reales simboliza el despojo del ego y del poder terrenal.

Ante la muerte y la vergüenza, ya no es una monarca intocable, sino un ser humano desnudo, vulnerable y despojado de su dignidad ante los dioses.

Al exhalar su último aliento, las luces se apagan abruptamente, un efecto que sella el vacío de su existencia.

El segundo momento trae a Edipo frente al cadáver de Yocasta. En una negación desgarradora, él rechaza que amar a su madre haya sido un crimen, pero la pérdida de su amor, provoca su propia caída, ese día «murieron dos almas».

Culpando a sus propios ojos por la ceguera de su destino, se los arranca, condenándose a la mendicidad mientras su linaje se desmorona y su hermano asume la corona.

El último acto es quizás el más poderoso a nivel de crítica social. El narrador nos introduce al destino de los cuatro hijos de Edipo.

Tras la muerte de los hermanos varones en combate, uno es tildado de traidor y se le niega el rito fúnebre. Aquí entra el conflicto entre las dos hermanas.

Según las estructuras femeninas (basado en teorías como las de Women Love Power), la hermana que desafía al rey encarna a la Cazadora (The Huntress) y a la Mística (The Mystic): es feroz, independiente, leal a la justicia divina por encima de las leyes de los hombres, y no teme enfrentar al sistema (el patriarcado o el Estado) para hacer lo correcto.

Por otro lado, la hermana que se niega a ayudar por miedo a los «poderosos» representa la sombra de la Doncella (The Maiden): sumisa, temerosa de la autoridad y priorizando su propia seguridad física sobre su integridad moral.

Aunque al final intenta compartir la culpa para no dejar morir sola a su hermana, su castigo es el arquetipo de la «sobreviviente culposa»: vivir con el fantasma de la inacción.

La obra nos deja una brutal crítica social sobre el precio de la obediencia y el silencio. Nos enseña que acatar leyes injustas por miedo al poder corrompe el alma, y que, como proclama la hermana condenada en el acto final, luchar por lo que es moralmente justo es el único camino hacia la verdadera libertad, incluso si cuesta la vida.

«Oraculum» no solo destacó por su impecable narrativa mitológica, sino por un urgente llamado a la realidad local. El espectáculo cerró con unas sentidas palabras del elenco, quienes expresaron su esperanza de que Puerto Ordaz pueda contar muy pronto con un teatro equipado, con escenarios que permitan un manejo técnico.

Como dato interesante y reflexivo, la obra demuestra que, a falta de grandes infraestructuras, el incienso, unas velas y el talento puro bastan para invocar a los dioses de Tebas en Guayana.

 

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