Motel Cocotal, un sitio que luego de ser un hospedaje, tiene más de 300 personas que viven de manera inhumana. Foto: Níger Martínez

A un costado de la carretera que serpentea hacia la represa de Caruachi y el sector Francisca Duarte, la estructura del antiguo Motel Cocotal se yergue como un monumento al olvido. Surgido en la década de los ochenta como uno de los primeros establecimientos de hospedaje de San Félix, su esplendor comercial comenzó a desmoronarse en 2014.

La crisis económica nacional, catalizada por una cruenta disputa legal y familiar entre los propietarios, paralizó sus operaciones y dejó a decenas de empleados a la deriva. Sin salarios, sin liquidación y tras meses laborando a oscuras en el área administrativa, los trabajadores tomaron la decisión de ocupar la infraestructura con un fin concreto; recuperar mediante el refugio las prestaciones que la empresa jamás les pagó.

Las pequeñas habitaciones que eran para un momento, ahora son viviendas de familias que viven hacinadas

300 almas atrapadas en el hacinamiento

Hoy, más de diez años después, lo que nació como un reclamo laboral se ha metamorfoseado en una bomba de tiempo social. Las 140 habitaciones del complejo han sido tomadas por familias que no tenían dónde resguardar a sus hijos. Sin embargo, el sitio dista de ser un hogar. Parte de la estructura se halla completamente desmantelada, con bloques expuestos y cabillas oxidadas. En este entorno desolado conviven más de 300 personas atrapadas en un espacio que jamás fue proyectado para fines residenciales.

La precariedad marca la dinámica diaria de los ocupantes. El lugar carece de la infraestructura básica mínima para la vida comunitaria y apenas conserva el antiguo sistema de drenaje de aguas negras.

Un residente del sector, quien prefirió mantener su identidad en reserva por temor a represalias, describe la brutalidad del hacinamiento: “Algunas familias tuvieron que unir dos y tres habitaciones para poder vivir con sus hijos. Las habitaciones no tienen suficiente espacio porque fueron diseñadas con un solo propósito y no para ser habitadas por largo tiempo”.

En estos cubículos estrechos, concebidos para estancias de unas pocas horas, las familias intentan armar camas, cocinas y áreas de estudio en un aire denso por el sofocante calor de la zona.

Sobrevivir con pensiones de miseria

La crisis económica nacional golpea de forma feroz a los sectores más vulnerables de este asentamiento. Yomaira Antúnez, una adulta mayor del lugar, encarna la lucha diaria por no quedar en la calle. Actualmente paga 30 dólares mensuales por un alquiler externo donde apenas logra subsistir junto a su esposo y su nieta de seis años.

Con el fin de liberarse de esa carga, compró un diminuto espacio dentro del motel que intenta reacondicionar con sus propias manos. El lugar que adquirió no tenía techo, no contaba con conexión eléctrica ni mucho menos con un baño utilizable, pero trabaja día a día para ponerlo en condiciones mínimas para mudarse.

Antúnez explica que su único ingreso formal es la pensión del Seguro Social de 130 bolívares mensuales. “Compenso un poco más con el bono de guerra que son 70 dólares y aún es poco para vivir dignamente”. Su testimonio evidencia cómo la inflación y los bajos ingresos asfixian a las personas de la tercera edad, obligándolas a habitar escombros para no terminar a la intemperie.

El colapso de la red eléctrica

A las deficiencias de espacio y a la penuria económica se suma el colapso sistemático de los servicios públicos, siendo la energía eléctrica el principal detonante de angustia comunitaria. Víctor González no reside en el Motel Cocotal, pero acude con frecuencia para acompañar y apoyar a un familiar que dedicó años de trabajo a la empresa. Desde su perspectiva externa pero cercana, asegura que la falta de luz y de agua por tubería representan los problemas más graves que enfrentan los habitantes.

Al no contar con una red eléctrica propia, la comunidad tendió un cableado improvisado para conectarse al sector vecino José Tadeo Monagas. Esta toma ilegal genera una sobrecarga constante en el transformador de la zona vecina, provocando continuos apagones que dejan a más de 300 personas a oscuras por días enteros, perdiendo los pocos alimentos que logran adquirir y exponiendo a los niños a proliferaciones de insectos.

Promesas estatales en el olvido

La indignación se profundiza con el recuerdo de las promesas incumplidas. Un vecino de la comunidad expresó con amargura que la ocupación inicial del motel se ejecutó bajo el compromiso de las autoridades del Gobierno nacional, quienes prometieron la construcción de un proyecto urbanístico para reubicarlos dignamente. A más de una década de aquellas palabras, la promesa sigue convertida en papel mojado mientras las paredes del motel se caen a pedazos.

Cansados de vivir en condiciones que catalogan como inhumanas, los residentes sobreviven atrapados entre la necesidad extrema y la falta de alternativas reales. “Todas las familias que residimos en este espacio pedimos un hogar digno en donde crezcan nuestros hijos y dejar de estar hacinados”, concluyen afectados que resisten en el Cocotal.

Mientras las respuestas oficiales no llegan, más de trescientas almas continúan durmiendo en las sombras de lo que un día fue un hotel de carretera, aferradas al único techo que les quedó tras el colapso.

¡Síguenos en nuestras redes sociales y descargar la app!

Facebook X Instagram WhatsApp Telegram Google Play Store