Fotografía que muestra este viernes una zona afectada por inundaciones en el barrio Zarabanda, en Montería (Colombia). EFE/ Carlos Ortega

«Esto se demora», resignan habitantes de los barrios bajos de Montería, Córdoba, donde la crecida del río Sinú lleva siete días inundando calles, viviendas y expectativas, convirtiendo arterias en canales de agua marrón estancada. En este sector de construcciones precarias de bloques sin pañete, zinc y madera, la emergencia se vive sin pánico sino con desgaste prolongado, midiendo el avance del agua por centímetros y hablando en semanas, no días.

Yela Contreras camina sobre tablas improvisadas dentro de su casa sumergida, sin poder cocinar y durmiendo a la intemperie: «Otras veces tardó casi un mes en bajar». Su esposo Alberto, arenero informal, paralizó su trabajo rudimentario —tanque metálico y cuerda en el lecho fluvial— que sustenta a la familia. «Vivimos del río, pero ahora nos dejó sin nada», lamenta, ante incertidumbre económica inmediata que agrava la pérdida material.

A metros, Enrique Oviedo, adulto mayor, señala hasta dónde subió el agua en su vivienda, evacuada por lodo abundante y serpientes arrastradas por la corriente: «Hasta ayer estuvimos adentro, pero ya no se puede», dice con el agua por encima de las rodillas, tras sacar enseres y subir otros al tejado. Esta creciente superó límites previos, rompiendo el frágil refugio de hogares que ahora temen reptiles y estancamiento.

La Alcaldía reporta 32.000 afectados; ayuda intermitente llega de fundaciones, comerciantes y vecinos con comida nocturna. Mientras el Sinú permanezca desbordado y quieto, la vida en Montería sigue en pausa, sostenida por la esperanza de que baje primero el nivel del agua o la paciencia de sus habitantes.

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