Un árbol de hicaco cubre a entrada de la vivienda, sus ramas se extienden hacia diferentes direcciones y con la brisa los frutos gotean apilándose en la puerta principal de la vivienda abandonada. Foto: Níger Martínez

En la urbanización Mendoza, parroquia Cachamay de Puerto Ordaz, la casa número 9 de la calle Maturín acecha como un secreto susurrado entre susurros nocturnos. Abandonada hace más de un año, tras desalojo judicial de una familia que vivía en dicho inmueble, esta vivienda del programa social del Banco Obrero yace en ruinas, devorada por un bosque espeso de maleza, plantas ornamentales marchitas y árboles frutales agonizantes bajo el sol inclemente. Adyacente al Colegio Fe y Alegría, su silueta desmigajada impone un silencio opresivo a los vecinos, que desvían la mirada y aceleran el paso al caer la noche, como si el aire mismo guardara rencores.

Un hicaco colosal de tres metros domina la entrada principal, sus hojas verdes y ovaladas tejiendo un velo de sombras escalofriantes sobre la pared agrietada. «Sientes un frío que eriza la piel al pasar pegado, como si algo te observara», confiesa un lugareño con voz temblorosa, mientras la escasez crónica de alumbrado en la calle Maturín convierte el asfalto en un túnel de temores primordiales. Luces erráticas danzan dentro de la casa vacía, ruidos inexplicables rompen el silencio: «Son supersticiones por la oscuridad y ese árbol gigante; la calle a oscuras hace ver espectros donde no los hay», razona otro vecino, escéptico pero con los ojos fijos en el horizonte, cauteloso ante lo invisible.

Robos nocturnos

La calle Maturín permanece clausurada con un enrejado de extremo a extremo y una puerta en la acera derecha, que conecta con la carrera Barrancas y traza la frontera entre Mendoza y la urbanización Orinoco.

Pero el misterio se tiñe de un crimen palpable, nativos cercanos avistan figuras sospechosas merodeando la parte trasera y el interior de la casa número 9, siluetas que presumen desmantelan todo, se roban hierro oxidado, cables de cobre, aluminio y todo lo que tenga valor, para venderlo como chatarra en mercados clandestinos.

Según son delincuentes de barrios vecinos que pululan en la oscuridad como ratas, asaltando otras viviendas abandonadas en rapiña nocturna, dejando huellas de devastación, indican lugareños que duermen atemorizados en sus casas de la urbanización.

La familia que habitaba aquí se fue hace tiempo, evaporada en el limbo legal, dejando un cascarón en deterioro avanzado que cruje bajo el viento. Vecinos claman por los dueños con urgencia; «Recuperen los alrededores antes de que se convierta en nido de hampones».

Exigen a Corpoelec alumbrado urgente; las lámparas públicas yacen con bombillos quemados, sumiendo Mendoza en tinieblas que alimentan leyendas fantasmales y delitos reales, la «casa encantada» no solo asusta con susurros sobrenaturales: amenaza con garras muy humanas a los vivos.

 

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