La Vuelta de Correa, un punto de referencia para llegar a El Pao y a La Primera Agua. Foto: Níger Martínez

Desde la encrucijada de La Vuelta de Correa, allí donde el asfalto se bifurca hacia El Pao y La Primera Agua, el viento trae el eco profundo y salvaje de las jaurías de araguatos. Los monos aúllan desde la selva intrincada del cerro El Florero, un gigante verde que custodia más de 80 años de historia nacida al calor de la explotación del hierro. En esta parroquia del municipio Piar, la naturaleza y la memoria avanzan al mismo ritmo.

El agua, bendición y condena de estas tierras, brota generosa de los manantiales del cerro. Baja cristalina, corre libre por los bordes de la carretera y se estanca en un embalse diseñado para calmar la sed de la comunidad. Sin embargo, en este paisaje de casas distantes y caminos de tierra, la paradoja es vecina de la escasez; el líquido vital esquiva las tuberías de muchos hogares, obligando a la gente a recordar que el progreso aquí siempre ha llegado a cuentagotas.

Las aguas de manantiales que bajan del cerro El Florero, corren por la carretera de La Primera Agua

Una curva con nombre de sargento y una bodega de misterios

Para entender este rincón del estado Bolívar hay que escuchar a sus viejos. Antonio José Herrera tiene 60 años; nació, se crio y ha visto envejecer estos caminos. Cuenta con la precisión de la nostalgia que la encrucijada adoptó el nombre de «La Vuelta de Correa» el día en que un efectivo de la Guardia Nacional, de apellido Correa, perdió la vida en un trágico accidente de tránsito en esa misma curva. Desde entonces, el luto se volvió toponimia.

Herrera recuerda el rugido de los motores y el olor a combustible de cuando apenas tenía 16 años y trabajaba en la única estación de servicio de la zona. Hoy de la gasolinera solo quedan las bases de concreto donde alguna vez se irguieron tres surtidores y las ruinas mudas de un establecimiento que el tiempo devoró.

La casa que Antonio habita hoy también cuenta secretos, fue la bodega de Roco Velásquez, un respetado masón del pueblo. Era el comercio más antiguo y misterioso del sector. Los lugareños recuerdan que tras la muerte de Roco, la estructura se vino abajo, pero en sus mejores tiempos el lugar desafiaba la lógica. “Alguien llegaba al negocio y lo que veía eran las tablas, sin embargo, pedías lo que necesitabas y él lo tenía; de dónde lo sacaba no sé, pero había de todo en esa bodega”, rememora con una sonrisa.

El telégrafo, las rurales y el imperio de «La Tuta»

Unos kilómetros más allá, Isabela Alcalá camina sobre los vestigios del pasado. Ella vio desvanecerse otra institución local, la bodega de «La Tuta». Los registros de la memoria oral que Isabela resguarda señalan que los primeros en desafiar la montaña fueron los hermanos Tiburcio y Arturo Vera. Corría el año 1945 cuando, deslumbrados por las fuentes de agua pura que descendían de El Florero formando una hermosa quebrada, decidieron bautizar el asentamiento como La Primera Agua.

Pronto, el rumor del agua y el hierro atrajo a familias de todas las latitudes. En 1961, el paisaje cambió con la siembra de los primeros postes de madera que traían el cableado del telégrafo desde Upata hasta El Pao. Poco después, los bloques y el zinc sustituyeron al bahareque gracias a un lote de viviendas rurales construidas durante el gobierno de Rómulo Betancourt.

Con el tiempo, el mapa humano se expandió y nacieron los sectores vecinos de Pueblo Sucre y Cuba. Desde entonces, el día a día de estas comunidades es un tributo a la tierra. Hombres y mujeres se levantan con el alba para criar animales y sembrar la yuca amarga, materia prima del casabe que cruje en las mesas locales. De sus conucos también brotan aguacates, plátanos, café, cacao, limones, onoto, cambures y lechosas; rubros que luego viajan por carretera para dar vida a los mercados de San Félix y Upata.

Isabela Alcalá conoce bien el valor de esta tierra: hace años le compró la casa original a María Rivas, la popular «Tuta» y a su esposo Pablo por la suma de seis mil bolívares, que para la época representaba una auténtica fortuna. De aquella estructura mítica hoy solo sobreviven unas escaleras de concreto y una porción de piso, testigos mudos de la era fundacional.

Cuando el invierno apaga los caminos

Pero la crónica de La Primera Agua, Pueblo Sucre y Cuba no solo se alimenta de recuerdos; hoy se escribe con la urgencia del abandono. En Pueblo Sucre y Cuba la situación ha pasado de alarmante a crítica. Las calles ya no son caminos, son cárceles de barro intransitables. Cuando el invierno amazónico arrecia, la quebrada pierde el respeto al mapa, se desborda y pasa por encima de la vía principal, aislando a los productores.

«En época de lluvias muchos vecinos quedan damnificados. El agua entra a las casas y la única opción es amarrar las camas y los enseres al techo para que el río no se los lleve», relata con indignación uno de los residentes.

El clamor de estas comunidades campesinas parece perderse antes de llegar a los despachos del municipio Piar.

Los habitantes denuncian con amargura que los gobiernos de turno han pasado de largo, gestión tras gestión. Aunque las autoridades conocen al detalle la realidad de las inundaciones, el aislamiento de los productores y la pérdida de las cosechas, los vecinos aseguran que la respuesta oficial sigue siendo la misma de siempre, hacerse de la vista gorda mientras los manantiales de la historia siguen corriendo bajo el barro.

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