Fulvia Pérez camina este martes entre los escombros ocasionados por el terremoto de magnitud 7,7 del pasado viernes en la escuela La Colorada en La Colorada (Panamá). El potente terremoto que azotó a Panamá, causó daños en las residencias de 2.164 familias, entre ellas 506 que registraron la pérdida total de sus hogares, según el último reporte oficial. EFE/ Bienvenido Velasco

Las familias panameñas enfrentan una profunda incertidumbre sobre el cierre del año escolar tras el terremoto de magnitud 7,7 que sacudió el país. Aunque el sismo no dejó víctimas mortales, su impacto en la infraestructura educativa rural fue catastrófico en la recta final del calendario académico, que concluye en diciembre.

El Gobierno ha contabilizado 656 centros educativos dañados en la península de Azuero, epicentro del temblor, de los cuales 35 “ya no existen”, dejando sin opciones presenciales a más de 3.000 estudiantes en zonas de difícil acceso. “Se perdieron esas escuelas”, reconoció el ministro de Educación, Ventura Vega.

Aulas reducidas a escombros y comunidades incomunicadas

Los centros educativos de los pueblos más golpeados exhiben techos colapsados, muros agrietados y cableado destruido. En varias comunidades incomunicadas por daños viales, las pizarras con lecciones básicas permanecen inmóviles bajo los escombros.

Ante este panorama, la gran incógnita de los padres es el destino del trimestre. “Nos preocupa porque la educación de los niños o va a seguir o se dejará el trimestre hasta donde está, que creo que es lo mejor porque los muchachos están traumados”, señaló María Pérez, residente de La Pitaloza. A este escenario se suma que muchas familias también perdieron sus hogares, requiriendo asistencia urgente al igual que los más de 8.300 niños identificados por UNICEF.

El milagro que evitó una tragedia mayor

En medio de la destrucción, el saldo de cero muertes fue calificado como un auténtico milagro por las comunidades. En planteles como el de La Colorada, con más de un siglo de historia, y en La Pitaloza, los estudiantes se habían retirado de las aulas o no habían tenido clases apenas una hora antes de que el movimiento telúrico derrumbara las estructuras.

“A Dios gracias estamos con vida. Lo material se recupera. Lo más importante es que los niños no estaban en los salones”, expresó con alivio Omayra De Gracia frente a los restos del colegio.

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