
La Met Gala volverá a paralizar Nueva York mañana, impulsada por una expectación sin precedentes: el patrocinio del magnate Jeff Bezos, el retorno de Beyoncé tras una década de ausencia y, como es tradición, el despliegue de excentricidad en la alfombra roja.
Aunque el evento nació hace casi 75 años con el fin de recaudar fondos para el Instituto del Traje del Museo Metropolitano de Arte (Met), su naturaleza ha mutado radicalmente bajo el «reinado» de Anna Wintour. La icónica editora de Vogue ha transformado una cena benéfica en el epicentro absoluto de la cultura pop global.
A pesar de que Wintour delegó el año pasado parte de la dirección de la revista para asumir roles ejecutivos en Condé Nast, sigue siendo la arquitecta intelectual de la velada. Ella supervisa personalmente una lista de invitados que fusiona el cine, la música, el deporte y la política bajo un estricto código de vestimenta.
Este año, la temática «La moda es arte» servirá de antesala a la exposición «Costume Art», una muestra que explora la simbiosis entre el diseño textil y la anatomía humana.
Retorno de la «Reina B» y el elenco de anfitriones
El plato fuerte de la noche es, sin duda, Beyoncé. Tras diez años de ausencia, la artista —considerada la «realeza» de la industria musical— no solo asistirá, sino que ejercerá como copresidenta de la gala junto a Wintour, la actriz Nicole Kidman y la tenista Venus Williams.
Tras el éxito de su gira Cowboy Carter, los rumores sobre el cierre de su trilogía musical están en ebullición. Aunque sus representantes han desmentido el lanzamiento inminente de un supuesto «Act III», se espera que su estilismo —o algún gesto críptico— ofrezca pistas sobre su próximo movimiento artístico.
Acompañando a la élite en roles de anfitrionas figuran Chloe Malle (sucesora de Wintour en Vogue) y una constelación de estrellas que incluye a Zoë Kravitz, Sabrina Carpenter, Doja Cat, LISA y Elizabeth Debicki, entre otras figuras del arte y el activismo como Misty Copeland y Lauren Wasser.
Sombra de la polémica: El factor Bezos
Más allá del glamur, esta edición está marcada por el sello financiero de Jeff Bezos y su esposa, Lauren Sánchez. Como principales mecenas de la gala y la exposición, su presencia ha generado fricciones.
Semanas antes de la bautizada por algunos como «la gala de los Bezos», el colectivo activista Everybody Hates Elon empapeló Manhattan con carteles denunciando la colaboración de Amazon con el Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) y criticando las condiciones laborales de la empresa.
Aunque la publicidad fue retirada rápidamente, el llamado al boicot persiste en redes sociales. No obstante, el blindaje de seguridad del Met suele mantener este tipo de protestas a una distancia que las hace imperceptibles para los invitados.
Por otro lado, la política local también marca distancias: el alcalde de Nueva York, el demócrata socialista Zohran Mamdani, rechazó la invitación. Con este gesto, Mamdani refuerza su discurso de campaña, centrado en aumentar la carga impositiva a las grandes fortunas que, precisamente, se reúnen mañana en el museo.
Lo que el ojo no ve
Para el resto del mundo, la Met Gala se limita al espectáculo visual de la escalinata del Met, donde las celebridades desfilan con piezas de alta costura antes de cruzar las puertas del museo. Una vez dentro, el misterio es la norma: entre antigüedades y obras de arte, los invitados disfrutan de una cena privada y actuaciones exclusivas bajo una estricta prohibición de usar teléfonos móviles.
Aun así, siempre queda la esperanza de que algún invitado «rebelde» filtre los ya famosos selfis en los espejos de los baños.
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