
Bibiana Wangari sabe que su hijo Charles Waithaka, de 32 años, murió por la explosión de una mina mientras combatía en Ucrania para Rusia, en una guerra ajena. Pero ignora dónde reposa su cuerpo, como cientos de africanos presuntamente engañados y reclutados por Moscú.
«El cuerpo de mi hijo, el niño de mi juventud, está tirado en algún lugar, a kilómetros de casa, y no puedo despedirlo ni ver sus restos», declara a EFE con entereza desde el porche de su hogar en Kamulu, 60 km al este de Nairobi.
Waithaka, amante del fútbol, vio en una oferta de trabajo como mecánico en Rusia —con un salario de 800.000 chelines kenianos (más de 5.000 euros mensuales)— una chance para prosperar, inalcanzable en Kenia.
Sin embargo, al llegar, le confiscaron el pasaporte, le hicieron firmar en ruso un documento que permitió al agente vaciar su cuenta (6.500 euros iniciales) y lo enviaron a un campo militar antes del frente. Semanas después, un soldado africano informó su muerte a finales de diciembre, tras quejas de maltrato y desnutrición por comandantes rusos.
Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, al menos 1.417 africanos han sido reclutados por Moscú y más de 300 han muerto, según el informe de la suiza INPACT. El ministro ucraniano Andrii Sybiha elevó la cifra a 1.436 de 36 países africanos en noviembre.
Familias y retornados denuncian agencias fraudulentas y ofertas falsas en redes sociales. EFE contactó embajadas rusas en Nairobi y Pretoria, y al Ministerio de Defensa ruso, sin respuesta.
Escasez laboral impulsa reclutamiento
Rusia, dependiente de migrantes asiáticos, amplía a África por su crisis de mano de obra, agravada por pérdidas en Ucrania, explica Brian Lee, de la GI-TOC.
Analista Julia Stanyard destaca el desempleo africano, que fomenta envíos laborales vía tratados bilaterales, pero expone a explotación como en el Golfo Pérsico.
Gobiernos reaccionan: el viceministro keniano Korir Sing’Oei califica de «inaceptable» usarlos como «carne de cañón»; Musalia Mudavadi viaja a Moscú en marzo. Sudáfrica acordó con Putin el retorno de sus ciudadanos, con detenciones por tráfico de personas. Otros países dudan por la creciente influencia rusa.
Dancan Chege, 31 años, keniano retornado tras huir de un hospital y refugiarse en la Embajada de Kenia en Moscú, pensó ganar fortuna como conductor. «Volví pobre, sin nada», dice en las afueras de Nairobi, en una reunión secreta de afectados bajo amenazas.
«Nos envían a ‘zonas rojas’ como si fuéramos a morir. Hay cadáveres por todos lados», relata.
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