Caravana utilizada como refugio por una de las centenares de familias del sur del Líbano que se han visto desplazadas por la ofensiva israelí en el sur del país. EFE/ Edgar Gutiérrez

El alto el fuego firmado el pasado viernes en Washington entre Israel y el Líbano prometía el cese inmediato de las hostilidades y el retorno seguro de centenares de familias que huyeron del sur del país mediterráneo. Sin embargo, la realidad en el terreno es radicalmente opuesta: el regreso es inviable y miles de personas permanecen en un limbo social, atrapadas entre hogares de acogida saturados y refugios improvisados.

Las fuerzas militares israelíes mantuvieron ataques selectivos sobre diversas localidades meridionales durante el fin de semana, consolidando amplias zonas como áreas inseguras o de acceso restringido, lo que impide que la paz pactada tenga un reflejo real en la vida de los civiles.

Este escenario ha forzado el desmantelamiento de espacios de emergencia como el antiguo Palacio de Justicia de Sidón. Este complejo decadente y semiabandonado sirvió de resguardo temporal durante los últimos cuatro meses para cientos de desplazados gracias a la gestión de la ONG Amalouna.

Paradójicamente, este centro está desapareciendo debido a que la mayoría de los inquilinos debió abandonarlo; no obstante, el desalojo no implica el retorno a sus propiedades, sino una migración hacia alquileres precarios, nuevos campamentos o la búsqueda indefinida de un lugar donde resguardarse.

Una mujer que habita en el antiguo Palacio de Justicia de Sidón, un edificio decadente y semiabandonado en medio de la localidad convertido en el hogar temporal de centenares de familias desplazadas. EFE/ Edgar Gutiérrez

Drama de las ruinas y la pérdida de la intimidad

En las habitaciones del Palacio de Justicia de Sidón, donde llegaron a convivir unas 400 personas en condiciones extremas, hoy solo quedan colchones apilados y estructuras vacías. Ali Mohamed al Qasem, oriundo de la aldea de Yahmar al Shaqif —ubicada en la denominada «línea amarilla» de exclusión militar—, es el último habitante del recinto y enfrenta el cierre del centro sin un rumbo claro. Su vivienda fue pulverizada por los bombardeos. «Todos me dicen que espere. Nadie me da una solución», relató en la entrada del refugio mientras personal humanitario evalúa alternativas para su reubicación.

La convivencia durante la ofensiva iniciada el pasado 2 de marzo transformó por completo la cotidianidad de las familias. El voluntario Yousef Abu Zahr, de 20 años, recordó cómo debieron subdividir los salones con paneles de madera improvisados para simular un ambiente de intimidad. Abu Zahr destacó que el mayor impacto para los damnificados fue la pérdida de su entorno familiar y las secuelas psicológicas en la población infantil, afectada por el duelo de parientes fallecidos y la destrucción material de sus colegios y vecindarios.

Un niño camina por el antiguo Palacio de Justicia de Sidón, un edificio decadente y semiabandonado en medio de la localidad convertido en el hogar temporal de centenares de familias desplazadas por la ofensiva israelí en el sur del Líbano. EFE/ Edgar Gutiérrez

Vigencia de un conflicto latente

Salir de los refugios tampoco garantiza estabilidad económica o civil. Testimonios como el de Wisam Barakat demuestran la fragilidad del proceso: tras intentar restablecerse en la ciudad de Nabatieh durante una tregua previa, su familia se vio obligada a huir nuevamente de madrugada por la reanudación de los bombardeos. Barakat reside actualmente en un inmueble alquilado que ya no puede costear y mantiene su equipaje preparado ante cualquier eventualidad, describiendo su localidad de origen como una «ciudad fantasma» donde solo quedan dos o tres familias activas.

La contradicción entre los anuncios políticos y la experiencia en las calles es absoluta. En otros complejos escolares administrados por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la población mantiene su escepticismo frente a las resoluciones diplomáticas. Ciudadanos procedentes de áreas críticas como Aitaroun, que acumulan meses habitando en tiendas de campaña dentro de salones de actos subdivididos, denuncian que la tregua es inexistente en la práctica y que el desplazamiento forzoso muta de espacio provisional con la amenaza velada de volverse permanente.

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