Vecinos piden asfaltado para las calles del sector, dicen que los huecos acaban con los carros. Foto: Níger Martínez

En el corazón de San Félix, pegada a la urbanización Francisco Avendaño, mejor conocida como Los Alacranes, y flanqueada por el sector Manoa y El Rinconcito, Villa Gumilla resiste hace más de 20 años. Sus 500 familias, distribuidas en cinco manzanas y unas 10 calles transversales, conviven con un enemigo silencioso: el colapso de la red de aguas negras.

Dos manzanas enteras, la 9, la 11 y la 12, con sus calles alternas enramadas, se han convertido en un laberinto de desbordes. Las bocas de visita regurgitan desperdicios, inundando patios y obligando a los vecinos a improvisar. «No sabemos cómo seguir así», confiesa una residente, mientras el hedor se cuela por las ventanas.

La red de aguas negras en algunas manzanas se encuentra colapsada

Paliativos en la cotidianidad

Elías Ángel Ferrer, con seis años en la manzana 12, ilustra la resignación creativa. «Conecté metros de tuberías desde mi casa hasta la boca de visita principal para evitar que entre el agua en la vivienda», relata, con la voz marcada por la fatiga.

No todo es caos: «Aquí somos bendecidos. La luz no se va como en otros lados, el agua nunca falla». Pero las calles son otra historia. Troneras profundas devoran vehículos; un nativo vecino se queja del «tren delantero» de su carro, que repara una y otra vez para no rendirse.

Mientras, el aseo urbano «pasa cuando se acuerda», y los propios vecinos, junto a vendedores de pollos y parrillas en la avenida Gumilla, acumulan basura que genera toneladas de escombros. El olor putrefacto ahuyenta a familias enteras, especialmente a niños y adultos mayores.

 

La voz de los líderes y las alertas ignoradas

Katerín Jiménez, fundadora y exdirigente vecinal, pone orden en las prioridades: «Manzanas 9 y 11 que sufren lo peor. Muchos piden asfaltado, pero primero hay que resolver las cloacas». Han clamado por la VenApp sin respuesta. El aseo genera moscas porque no recoge la basura, y una denuncia grave emerge; extraños extraen arena del cerro de entrada, socavando el suelo y amenazando una torre de alta tensión. «Estamos cansados de pedir», dice Jiménez. La comunidad, con sus servicios básicos estables salvo estas fallas, exige atención al alcalde de Caroní y la gobernadora de Bolívar.

En Villa Gumilla, la esperanza persiste entre paliativos y quejas. Esperan que el llamado no se pierda en el enramado de promesas incumplidas.

 

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