Cheju, Tanzania. El entomólogo holandés Bart Knols le declaró la guerra al mosquito africano transmisor de la malaria hace nada menos que tres décadas. Desde entonces -y según explica en una entrevista con Efe- intenta combatirlo de la forma más eficiente pero también ingeniosa, convencido de la urgencia de erradicar esta enfermedad del continente africano.

PREGUNTA: Usted es un científico renombrado, entre otras cosas, por utilizar herramientas inusuales en la lucha contra la malaria. ¿Es cierto que empleó queso Limburger para atrapar al mosquito anofeles gambiae?

RESPUESTA: Comencé a estudiar cuáles son los químicos que emite nuestra piel y que atraen a los mosquitos. Rápidamente me di cuenta de que el mosquito africano de la malaria, a diferencia de otros, siente una preferencia muy fuerte por picar en los tobillos y en los pies. Entonces pensé: tal vez podemos usar a modo de trampa algunos de esos quesos que huelen a pies para atraer a los mosquitos y así evitar que piquen a los humanos. Y funcionó.

P: Esto le valió en octubre de 2006 el premio de biología Ig Nobel y, un año después la Medalla Eijkmanm en reconocimiento a su carrera. ¿En qué ha quedado este descubrimiento?

R: Ya no estamos trabajando con queso porque ahora sabemos exactamente de qué químicos se trata. En 2010 ya existía un cóctel de compuestos químicos tres veces más atractivo que un ser humano. Sin embargo, necesitamos trampas que sean baratas; trampas que cuesten un dólar y que todo el mundo (en África) se pueda permitir. La evidencia está ahí, pero que se convierta en algo corriente todavía es futuro.

P: África continúa siendo el continente más castigado por esta enfermedad que sufren 219 millones de personas en todo el mundo y que se cobró 435.000 vidas solo en 2017, la mayoría niños, según las últimas cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS). ¿Por qué aquí la malaria es más fuerte que en el resto del mundo?

R: Es cierto que el 90 % de toda la malaria se concentra en África Subsahariana. ¿Por qué? Como ya he dicho, a los mosquitos de aquí les gusta mucho alimentarse de sangre humana -más que la de animales-, por lo que son muy buenos transmitiendo la malaria de una persona a otra y a otra. Y en segundo lugar, las viviendas de aquí no son tan avanzadas como en otras partes del mundo; tienen aperturas entre el techo y las paredes, hay grietas, las ventanas están abiertas y las mosquiteras rasgadas. Eso dificulta mucho su control.

P: Respecto a las mosquiteras rasgadas, usted mismo está ahora trabajando en otro proyecto pionero en Uganda para incrementar su uso. ¿En qué consiste este nuevo programa?

R: Una de las cosas que hemos observado es que, en lugares donde realmente se ha logrado controlar la incidencia de malaria -por ejemplo Zanzíbar, donde es inferior al 1 %-, las personas han dejado de usar sus mosquiteras. Ya no oyen hablar tanto sobre malaria y usan su red para pescar, proteger a las gallinas o los cultivos. En un intento de cambiar esto, pensamos: ¿qué pasaría si las mosquiteras estuvieran ilustradas? ¿Las cuidarían mejor?

P: ¿Se refiere a adornar las mosquiteras con imágenes?

R: Exacto. Hemos sido pioneros en Uganda, donde hemos realizado un proyecto piloto con 2.000 redes ilustradas que entregamos a mujeres embarazadas. Con mucha diferencia la imagen ganadora fue la de Jesús. Estas mujeres adoraban tener la impresión de Jesús en sus mosquiteras porque es como si «Mungu» (Dios en suajili) las protegiera de noche. Al instante se detiene el mal uso de las redes, nunca más las usarán para pescar.

Es pura psicología. Ahora estamos organizando otro gran ensayo donde estamos tratando de obtener dinero para un millón de mosquiteras destinadas a niños de entre 8 y 14 años. Imagínate, si su mosquitera tiene los colores de su equipo de fútbol favorito, cualquiera que la dañe es hombre muerto. Y el beneficio que obtenemos todos es menos malaria.

P: Sin embargo, pese a que el uso generalizado de mosquiteras desde el año 2000 ayudó enormemente a reducir el número de casos de malaria, salvándose unas 7 millones de vidas en todo el mundo; en los últimos cinco años las cifras se han estancado. ¿A qué se debe?

R: Es cierto, en muchos países la incidencia de la malaria ha crecido. Yo diría que se debe a una combinación de factores, entre ellos, una falta acuciante de fondos; una mayor resistencia del mosquito al insecticida y del parásito a la medicación; sistemas sanitarios fallidos, mal equipados y con difícil acceso a zonas remotas y, por supuesto, la prevalencia de violencia y conflictos armados.

Tan solo Nigeria y el Congo (República Democrática del Congo) juntos suman el 36 % de los casos de malaria que existen en el mundo. Pero, ¿cómo vamos a controlar la malaria en el este del Congo (donde operan más de un centenar de milicias armadas)? ¿O en el sur de Sudán, en la República Centroafricana, el sur de Chad o en Somalia? Son países realmente difíciles para trabajar.

P: Pero otros países más tranquilos llevan la delantera. Ahora mismo en Zanzíbar -donde nos encontramos- usted está involucrado en un novedoso proyecto en el que se emplean drones para combatir la malaria. ¿En qué consiste esta iniciativa?

R: Hasta ahora hemos logrado atajar la malaria en ambientes cerrados, con mosquiteras y fumigando viviendas. Pero esto ha generado una gran resistencia no solo al insecticida sino también en términos de comportamiento. Ahora los mosquitos, que son muy inteligentes, nos pican más temprano en la noche o cuando estamos al aire libre.

Por ello, para llevar la malaria incluso a números más bajos necesitamos encontrar nuevas herramientas, mecanismos que podamos aplicar en el exterior. Lo que estamos haciendo aquí es controlar la proliferación de las larvas de mosquito.

Gracias a un dron de uso agrario especialmente diseñado por (la empresa) DJI, vamos a fumigar durante un mes -con un agente de control biológico no contaminante ni tóxico- los arrozales de Cheju a fin de estudiar en qué porcentaje somos capaces de reducir la población de mosquitos. Si conseguimos que nazcan menos mosquitos, también disminuimos la transmisión de la malaria.

P: Estamos hablando de drones antimalaria, nuevos compuestos químicos, fármacos más eficaces, etc. ¿Podemos o no augurar el fin de esta enfermedad en un futuro próximo?

R: Yo soy un eterno optimista y creo que la mayoría de las partes implicadas tienen un verdadero interés en eliminarla. Ojo, la malaria no es una enfermedad tropical. Se dio en Siberia, Canadá, los Estados Unidos -en todas partes- antes de verse cercada en los trópicos. Más de cien países ya la han erradicado. Si ellos pudieron, ¿por qué no podríamos nosotros?

Sin duda tenemos un trabajo complicado por delante. No será fácil y tenemos que seguir aprendiendo. La pregunta ahora es ¿cómo podemos implementar las nuevas tecnologías de la mejor manera posible para llevar la malaria a cero? Se necesita dinero, esfuerzo y ganas de hacerlo.

EFE

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