
Cientos de personas ataviadas con vestimentas rojas y exuberantes máscaras coloridas rindieron honores este jueves al Santísimo Sacramento durante la festividad católica de Corpus Christi. La procesión típica de la manifestación cultural conocida como los Diablos Danzantes de Yare celebró el tradicional triunfo del bien sobre el mal, aunque este año dejó en evidencia el notable impacto de la migración en el tejido social del país.
La festividad, que arranca desde muy temprano en varias regiones de Venezuela y se extiende bajo un sol inclemente, constituye una ofrenda viviente al Santísimo Sacramento, de quien los feligreses aseguran haber recibido favores y milagros de salud. En la localidad de San Francisco de Yare —ubicada a unos 75 kilómetros de Caracas—, los denominados ‘promeseros’ recorrieron las calles haciendo sonar sus maracas al ritmo de un único tambor.

Testimonios de una herencia centenaria
Esta manifestación netamente religiosa acumula ya 277 años de tradición ininterrumpida. Así lo detalló Aldrin Antequera, ‘primer cajero’ oficial de la cofradía de los Diablos Danzantes de Yare y responsable directo de ejecutar el repique del tambor durante toda la movilización.
«Le rendimos honor a nuestro rey de reyes, que es el Santísimo Sacramento, que se hace presente en la hostia consagrada», expresó Antequera, de 57 años. Cubierto con una pañoleta roja, collares, campanas y cruces, relató que se convirtió en promesero a los 6 años, luego de que su madre lo encomendara al Santísimo tras una delicada operación de apendicitis. «Esto nació conmigo, viene de generación en generación y ya cumplo 50 años en la cofradía», apuntó.

El ritual y su reconocimiento internacional
La festividad, que fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en el año 2012, cumple con una rigurosa ruta ceremonial:
La concentración: Comienza con una reunión en la casa de los ‘diablos’, el epicentro logístico de la cofradía.
El tributo ancestral: Ya caracterizados con sus trajes, se dirigen al cementerio local para rendir respetos a los ancestros y danzantes fallecidos.
La liturgia y procesión: Acuden a la misa solemne y posteriormente inician la procesión, resguardada por mujeres conocidas como ‘capataces’.
El impacto de la crisis migratoria en la cofradía
Pese al fervor que mantiene viva la festividad, Richard Navarro, un participante de 50 años, admitió con preocupación que la tradición no ha sido ajena a la crisis política y económica que atraviesa el país, la cual ha provocado la salida de millones de ciudadanos.
Navarro detalló que la cantidad de danzantes activos ha mermado drásticamente en los últimos tiempos. «Somos como 3.500, casi 4.000 originalmente. Ahorita no llegamos a 2.000 los asistentes. Cada vez nos estamos reduciendo más porque la gente se está yendo fuera del país», lamentó, coincidiendo con las estimaciones de organismos internacionales que sitúan el éxodo venezolano por encima de los ocho millones de personas.
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