

Hace cincuenta años, cuando Ignacio Guerra —a quien todos en el pueblo conocen cariñosamente como «Nacho»— pisó por primera vez El Triunfo tras migrar desde su natal estado Sucre, el paisaje era muy distinto. Corría la década de los 70 y esta localidad del municipio Casacoima, asentada en el estado Delta Amacuro pero a tan solo 20 kilómetros de San Félix, bullía de dinamismo. Nacho vio al pueblo crecer vendiendo verduras, frutas y hortalizas en pleno centro, alimentando a una clientela que cruzaba la frontera regional en busca de frescura.
«Nuestra economía y crecimiento se lo debemos a la gente de Caroní», evoca Nacho con una mezcla de nostalgia y lucidez detrás de su puesto de hortalizas. «Anteriormente se trasladaban desde diferentes sitios de Ciudad Guayana hasta Casacoima a comprar pescado, queso, carne y otros alimentos. Sin embargo, ahora muy poco nos visitan». Para él, el bajón es puramente económico, pero insiste en que el campo de Casacoima sigue produciendo y ofreciendo buenos precios, además de contar con joyas turísticas como Rancho La Miguelera, Río de Piedra y los históricos Castillos de Guayana.
Pero el tiempo no perdona. “Ya los viejos que llegamos a poblar esta zona quedamos pocos”, suspira Guerra. El Triunfo ha evolucionado: hoy tiene dos emisoras de radio, una entidad bancaria, una gasolinera, tres liceos y un transporte público que recorre con fluidez la vía principal desde El Mirador hasta Sierra Imataca.
El crecimiento de infraestructura se ha topado con un muro financiero. El comercio se debate entre la formalidad y el desespero de los puestos informales. Nacho ejemplifica una de las mayores trabas cotidianas, la falta de servicios financieros. El pueblo urge la apertura de una agencia del Banco de Venezuela; la ausencia de esta obliga a comerciantes y abuelos a gastar lo que no tienen en pasajes para viajar hasta San Félix a resolver trámites cotidianos.
El peso de las persianas cerradas
La realidad golpea al caer la tarde. El Triunfo y la vecina Sierra Imataca operan bajo una dura etiqueta no oficial; son ciudades dormitorio. La gran mayoría de los profesionales y obreros locales pasan el día trabajando en las industrias o comercios de Puerto Ordaz y San Félix, dejando sus ingresos del otro lado del río y regresando a Casacoima solo a dormir. En el territorio local, el único motor de empleo formal que queda en pie son las nóminas públicas de la alcaldía y la gobernación de Delta Amacuro. Un embudo que frena el progreso.
Pedro Palma, habitante de la zona, está convencido de que el destino del municipio no tiene por qué ser la dependencia. «Tenemos un potencial de personas, además de los recursos y materia prima que se pueden explotar para el mercado nacional e internacional», asegura con firmeza.
Para Palma, la clave está en romper el aislamiento: «Debemos abrir el compás, aceptar las ideas que vengan de otros lados y darle más vida al municipio. Eso ampliará la economía, generará ingresos que luego se verán retribuidos en calles asfaltadas, agua por tubería y redes de aguas negras».
Las miradas de esperanza apuntan ahora hacia el bosque. Actualmente se encuentra en fase de proyecto un aserradero industrial tras iniciarse la tala planificada del bosque de eucaliptos de la zona, una promesa de empleo que los jóvenes esperan con ansias. Pero la ambición comunitaria va más allá; los lugareños exigen una carbonera y, especialmente, la construcción de un muelle comercial en Piacoa que aproveche la cercanía estratégica con la salida al Océano Atlántico. «Tenemos siete universidades aquí mismo», recuerda Palma, «si generamos empleos, nuestra gente no tendrá por qué trasladarse a otro municipio a trabajar».
Rescatar el río abajo
Para Andrés Lozada, la solución está en mirar «río abajo». La agricultura y la cría de ganado han mantenido con vida a Casacoima por generaciones, pero el modelo tradicional ya no basta para retener a las nuevas mentes que egresan de las aulas locales.
Lozada hace un llamado urgente al Gobierno y al sector privado para rescatar las estructuras que alguna vez dieron brillo a la región. Complejos turísticos emblemáticos como Orinoco Discovery y diversos paradores que daban vida a la parroquia Manuel Piar, en los Castillos de Guayana y a la parroquia Juan Bautista Arismendi en Piacoa, hoy permanecen cerrados por falta de recursos.
El Triunfo sigue haciendo honor a su nombre en la resiliencia de su gente, pero sus pobladores saben que la nostalgia no reactiva la economía. Casacoima tiene la tierra, la juventud universitaria y la historia; ahora solo falta la inversión que convierta el potencial en realidades tangibles para que sus habitantes dejen de ser viajeros en su propia tierra.
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