
Entre salsa callejera y aroma a tabaco en la Pequeña Habana, el exilio cubano sueña con una operación estadounidense en la isla similar a la que capturó a Nicolás Maduro el 3 de enero, justificada por décadas de opresión castrista. «Aparte de presión económica, política y militar, si hace falta una operación quirúrgica para sacar a los opresores, bendita sea», declaró a EFE Luis Zúñiga, de la Asamblea de la Resistencia Cubana (ARC), desde su despacho en Doral.
Pocos exiliados hablan abiertamente por temor a represalias contra familiares en Cuba, pero entre los valientes prevalece apoyo a la intervención que llevó a Maduro ante tribunales neoyorquinos. Zúñiga defiende la «intromisión» por abusos arbitrarios del régimen, comparándola con la ayuda soviética que instaló el castrismo: «Otras superpotencias tienen derecho a liberar Cuba».
Bajo Donald Trump, la presión se intensifica: Cuba volvió a la lista de patrocinadores del terrorismo con nuevas sanciones, y Marco Rubio –de raíces cubanas y línea dura– asumió como secretario de Estado. José Ramón Pérez Campos, hijo de exiliados, ve la caída de Maduro como «eslabón sensible» para Díaz-Canel: «Sin Venezuela, buscan diplomacia o colapsan. Si no asumen incapacidad, habrá que obligarlos».
En Calle Ocho, Pérez Campos fuma puro mientras Álex Arellano alaba a Rubio como «mejor que Kissinger». José Ramón Cardona, comerciante visitado por Bill Murray y Jimmy Butler, predice libertad para abril: «Queremos terminar ya. Las sanciones son la única forma de colapsar el régimen, pese a las penurias».
Exiliados afirman no amar la migración, sino huir de miseria; prometen reconstruir Cuba si cae la dictadura, sumida en crisis económica, energética y demográfica. La euforia por Venezuela aviva esperanzas de un «efecto dominó» en la izquierda regional.
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