Fotografía que muestra maquinaria pesada removiendo escombros en La Guaira (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R

En los edificios derrumbados de La Guaira las operaciones han dado un giro. Los grandes despliegues internacionales han disminuido y casi la totalidad de quienes permanecen en los sitios de desastre son ciudadanos venezolanos —principalmente familiares y voluntarios—. Este grupo continúa levantando los pesados bloques de concreto en un intento por localizar a las centenares de personas que se presume siguen sepultadas.

«Mijita, ¿dónde estás? No te veo», clama Marco Contreras en el acceso de un estacionamiento subterráneo que apenas este sábado lograron despejar. Del interior emana un fuerte olor y los espacios de aparcamiento se observan completamente aplastados por el colapso del techo del primer piso. Este ciudadano de la tercera edad busca desde hace once días a su hermana, quien residía sola con su mascota en la primera planta de una edificación de la cual no quedó ninguna estructura en pie.

El esfuerzo civil y el apoyo minero

José Riva, quien lidera un grupo de mineros fluviales que se trasladó a la zona costera, trabaja excavando túneles entre las ruinas. Su equipo fue el responsable de remover la placa que obstruía el ingreso al mencionado estacionamiento. Riva detalló a la agencia EFE que han recuperado diez cadáveres en ese punto, aunque los censos vecinales estimaban que al menos 25 personas se encontraban en el inmueble al momento del sismo.

Los mineros aportaron maquinaria de sus zonas de trabajo para acelerar las maniobras, atendiendo a la principal exigencia de los familiares. Los afectados señalan que los rescatistas extranjeros —de los cuales ya solo queda un pequeño grupo— contaban con tecnología de punta, pero no lograron detectar señales de vida en los puntos críticos de confinamiento.

Un millón de toneladas de escombros

Las calles de las localidades golpeadas por los brutales terremotos de magnitud 7,2 y 7,5, que hasta el momento dejan un saldo oficial de 3.342 fallecidos, registran una progresiva sustitución de transeúntes por grúas, retroexcavadoras, cargadoras y camiones de volteo.

El Ejecutivo venezolano estima que hay 190 edificios colapsados en la entidad y cifró, en un balance emitido el pasado 1 de julio, en 1,25 millones de toneladas los escombros generados únicamente en la parroquia Caraballeda. Carlos García, un operador de maquinaria pesada que arribó a La Guaira un día después de la tragedia, recorre los sectores buscando excavadoras operativas para sumarse al despeje. «Voy poco a poco abriendo huecos por si queda alguien con vida, y así también sacamos los cuerpos; ya llevo ocho recuperados», relató a EFE.

Redes de solidaridad comunitaria

La mayor parte de las tareas pesadas recae sobre voluntarios civiles. Entre ellos se encuentra Arcángel Orojoite, un efectivo militar de permiso que decidió trasladarse de forma voluntaria a Playa Grande, en Catia la Mar, otra de las zonas críticas. Orojoite colabora en el área de una torre residencial de 12 plantas que se desplomó por completo, donde las labores se ejecutan con retroexcavadoras y una grúa financiada por un vecino que busca a sus allegados.

«El impacto psicológico es fuerte porque estamos hablando de que sacamos diez u once cuerpos diarios, pero aquí entre todos nos hemos ayudado», manifestó el joven a EFE. Aunque en los primeros días lograron rescatar a sobrevivientes, los cálculos de la comunidad sugieren que cerca de 120 personas perecieron bajo la estructura de esta torre.

«Hasta el momento hemos hecho lo que nos han permitido nuestras manos y nuestras herramientas, pero llegamos a un punto en que es indispensable la maquinaria pesada», puntualizó el voluntario, poco antes de que arribaran al sector dos grandes excavadoras enviadas por las autoridades de transporte. Las maniobras continuarán de forma ininterrumpida hasta remover la totalidad de los sedimentos dejados por la crisis sísmica.

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