

El estruendo de la tierra agrietándose en La Guaira no solo destruyó paredes de concreto; también fracturó temporalmente el núcleo de decenas de hogares. Tras el doble terremoto que sacudió recientemente las costas venezolanas, la emergencia ha tomado el rostro del desplazamiento infantil. Para salvarlos de la intemperie y el peligro de las réplicas, un grupo de dieciséis niños fue enviado en un largo viaje por carretera hacia San Félix, en el estado Bolívar. El destino; los brazos de sus abuelos, quienes hoy transforman la escasez en refugio.
Esta dolorosa separación forzosa responde a una estrategia de supervivencia. Mientras los pequeños se resguardan en San Félix, sus padres permanecen firmes entre los escombros de La Guaira, durmiendo en campamentos provisionales para no perder el derecho a ser censados por el Gobierno nacional y así optar a una vivienda digna.
La dinámica del grupo original de dieciséis infantes ha fluctuado con el pasar de los días debido a las difíciles condiciones de recepción. Cuatro de ellos ya regresaron al litoral central aferrados a las manos de su madre, incapaz de soportar la distancia; otros dos fueron trasladados hacia el municipio minero de El Callao, mientras que diez permanecen bajo el amparo de la solidaridad de los abuelos en los sectores Nueva Jerusalén y Buen Retiro.
El amor como único espacio disponible
En el sector Nueva Jerusalén de San Félix, el hogar de los abuelos se ha convertido en un milagro de la física y el afecto. Siete de los niños rescatados conviven allí en un espacio sumamente reducido. El abuelo, quien irónicamente había regresado de visitar La Guaira apenas unos días antes del desastre, vio cómo el sismo dejaba damnificadas a sus tres hijas de la noche a la mañana.
Hoy, su humilde vivienda de solo dos habitaciones que ya estaban ocupadas por otra de sus hijas, su pareja y dos niños, alberga a un total de trece almas. No hay camas para todos, las esquinas se han llenado de bolsos improvisados y los recursos se desvanecen con rapidez.
«Nuestra casa no reúne las condiciones, las habitaciones estaban llenas. El Gobierno prometió ayudarnos a levantar unas piezas provisionales de bloque para estirar el espacio, pero el hambre y la necesidad de los muchachos no esperan por promesas», confiesa el abuelo con los ojos fijos en el suelo, pero con la dignidad intacta de quien no duda en abrir la puerta a los suyos.
La falta de empleo formal obliga a estos abuelos a vivir de lo que produce el día a día, una economía de subsistencia que se vuelve asfixiante cuando hay tantas bocas que alimentar. La urgencia va desde lo estructural, necesitan con prioridad un tanque para almacenar agua y ampliar la casa, hasta lo vital: comida diaria. Una realidad idéntica golpea a los familiares que cobijan a otros tres niños en el sector Brisas del Paraíso, donde la falta de colchones y ventiladores hace que las calurosas noches de San Félix sean aún más largas para los pequeños.
Una iglesia que abraza en la tormenta
Frente a la fragilidad de estas vidas, la comunidad no se ha quedado de brazos cruzados. La Parroquia Católica San Martín de Porres y su centro médico adyacente, ubicados en Brisas del Sur, se han convertido en el faro de esperanza para estas familias. Sus pasillos, usualmente destinados a la consulta médica rutinaria, hoy albergan el centro de operaciones de una cruzada solidaria.
Carlos Luis Mata, coordinador del centro de salud, relató conmovido cómo los menores, cuyas edades van desde la tierna infancia de los 3 años hasta la vulnerabilidad de la adolescencia de los 17, ya han recibido no solo atención pediátrica, sino también apoyo psicológico para sanar las secuelas emocionales del terremoto y del desarraigo familiar.
Mata insiste en que el verdadero reto humanitario empieza cuando las cámaras se apagan. «La receptividad de los vecinos, del Rotary Club y de la gente de Ciudad Guayana ha sido maravillosa y masiva. Pero nos preocupa el día después. No queremos que esto sea un ‘boom mediático’ de pocos días. Si la ayuda se entrega de golpe y de manera desorganizada, la comida se acabará y estas familias quedarán en el olvido. Necesitamos canalizar las donaciones a través de la iglesia para racionarlas y garantizarles un sustento sostenido en el tiempo», explica el coordinador con visión de futuro.
La emergencia, además, parece estar lejos de terminar. Desde Cáritas Guayana ya se ha alertado sobre la inminente llegada de más familias desplazadas por los sismos, el equipo parroquial se prepara para diagnosticar y asistir.

Sanar el cuerpo para calmar el alma
Osmarly Díaz, la enfermera del centro de salud que ha caminado las calles de polvo de Nueva Jerusalén para monitorear los casos en el sitio, aporta una dosis de alivio entre tanta adversidad; la salud de los niños es estable.
«Al llegar nos encontramos con un panorama desgarrador de hacinamiento y falta de alimentos, pero físicamente los niños están fuertes. Solo atendimos a un pequeño de 7 años que presentaba una dolorosa herida en la rodilla producto de los días del desalojo, pero los pediatras ya lo curaron y está completamente fuera de peligro», comenta Díaz con una sonrisa de esperanza.
La enfermera y el coordinador médico coinciden en el mismo ruego humanitario: la emergencia requiere constancia. Hacen un llamado a la sociedad civil para que donen alimentos no perecederos, ropa en buen estado, sábanas, artículos de higiene personal, colchonetas y ventiladores.
Las puertas de la Iglesia San Martín de Porres, frente a la Plaza Alí Primera, permanecen abiertas para recibir cualquier aporte que ayude a demostrarles a estos niños que, aunque estén lejos de casa, no están solos.
Díaz concluyó diciendo que otros niños damnificados se hallan en el sector Francisca Duarte y Luis Hurtado Higuera, a estos menores no han podido atender, sin embargo, están pendientes para visitarlos y saber cuáles son sus necesidades y prioridades.

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