Pobladores indígenas llegan a San José del Guaviare para unirse a los grupos de búsqueda de los menores perdidos en la selva tras un accidente aéreo, el 21 de mayo de 2023, en Guaviare (Colombia). EFE/Mauricio Dueñas Castañeda

Han pasado 22 días y el paradero de los cuatro niños uitotos desaparecidos tras el accidente de un avión en las selvas del sur de Colombia sigue siendo incierto. Pero Miguel Romario cree que la Madre Naturaleza estaba esperando a que el grupo de indígenas que hoy se unen a la búsqueda llegara para soltarles.

«(La Madre Naturaleza) está esperando por nosotros porque nosotros tenemos conexión con ella; nosotros desde la tradición siempre le pedimos permiso», asegura Romario, un guardia indígena murui del resguardo de Liriri, en el Putumayo.

Desde este domingo, unos 85 indígenas de varias zonas selváticas de Colombia se han unido a las fuerzas militares en la búsqueda de Lesly Mukutuy, de 11 años; Soleiny Mukutuy, de 9 años; Tien Noriel Ronoque Mukutuy, de 4 años, y el bebé de 11 meses Cristin Neruman Ranoque.

Romario sale hoy junto a un grupo de 25 personas de Putumayo y Caquetá de las etnias murui, siona y coreguaje hacia el corazón de la selva a buscar a los pequeños que llevan perdidos desde el 1 de mayo y se muestra seguro de que en apenas 3 días los van a encontrar.

SIN PARTE DE SU ESPÍRITU

Según este indígena, que cuenta una historia que han repetido otras etnias, incluida la abuela de los niños que es uitoto, la selva los tiene atrapados. Al estrellarse el avión donde viajaban sufrieron traumas y una parte de su espíritu se les ha separado.

«Eso hace que estén ambulando, que no se queden quietos, porque están inconscientes», dice.

Justamente eso es lo que intentan las Fuerzas Militares por todos los medios, ya sea mediante mensajes retransmitidos desde el aire con la voz de su abuela a volantes arrojados que piden que no se muevan más para que sea más fácil encontrarlos.

En ese sentido, los mayores de pueblos como el mucui ya han empezado labores para llamar al espíritu y que los encuentre, «para que se devuelva y ellos recuperen la conciencia».

BUSCAR UNA PULGA EN UN TAPETE

Romario se adentra hoy en la selva en una misión que no cesará hasta que sean encontrados y para la que llevan capotas para soportar las hasta 16 horas de lluvia en el bosque, hamacas, fariña (una harina de yuca), enlatados, dulce y líquidos, y también ambil (un líquido de tabaco que les da «concentración y fortaleza»), mambe (polvo de hoja de coca) y tabaco.

Antes tienen que pedirle permiso a la selva con una ceremonia para que les dejen entrar y saben que tendrán que ser precavidos, pero dicen que no tienen miedo porque «están con Dios».

También asistieron a una reunión con los militares que están dirigiendo la llamada Operación Esperanza desde San José del Guaviare, el pueblo donde se dirigía la aeronave y donde también viajaban la madre de los niños, Magdalena Mukutui; el líder indígena Hermán Mendoza y el piloto de la aeronave, Hernando Murcia, cuyos cuerpos ya han sido rescatados.

«Esa selva es muy compleja, siento a veces que estuviéramos buscando una pulga en un tapete que está saltando todo el tiempo», les dice el general Pedro Sánchez, comandante de las fuerzas especiales.

De momento, explican sobre un mapa en un proyector, han encontrado apenas siete pistas de los menores y tienen delimitado una zona donde más de 150 militares y siete personas procedentes del resguardo indígena de Araracuara, donde vivía la familia, siguen buscando sin cesar.

Es una zona de selva virgen, en medio del inexplorado Parque del Chiribiquete, entre los departamentos de Guaviare y Caquetá y atravesado por el río Apaporis.

La primera evidencia física lo que les dio la «ilusión de que había vida» fue un biberón que supuestamente pertenece a la bebé que encontraron el lunes. Ese mismo día también hallaron un maracuyá en la zona que piensan se pudieron haber comido y por fin, al final de la noche encontraron el avión.

Estaba caído en picado, con la punta tocando el frondoso suelo. Los niños, creen los militares, se salvaron precisamente porque viajaban en la cola del pequeño avión Cessna 206, explica el mayor Jesús Rivera, comandante de las operaciones sobre el terreno.

Las fuerzas militares y Aeronáutica Civil delimitaron la zona y los días siguientes encontraron un refugio a 3.600 metros de la aeronave donde se podrían haber cobijado y un par de huellas. Pero desde el viernes no han hallado nada más.

Ni los militares ni los indígenas, que ahora trabajan mano a mano, pierden la fe y justamente el general les pide al grupo que hoy parte en la búsqueda: «Hagamos que esta Operación Esperanza sea un milagro».

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