La Guaira
El estado La Guaira antes y después de los sismos del pasado miércoles 24 de junio. Foto cortesía
El día de San Bernabé, once de junio de 1641, entre las ocho y media y las nueve de la mañana, tembló la tierra grandemente e hizo en esta ciudad de Santiago de León de Caracas y en su puerto de La Guaira un destrozo miserabilísimo. No hubo casa, una ni ninguna que no viniese totalmente al suelo o no hiciese tan grande sentimiento que se pueda en muchos tiempos vivir. La iglesia mayor se abrió por diferentes partes, (…) cayó parte de la iglesia del Convento de Las Monjas, cayó casi toda la iglesia de San Francisco.

Un silencio alarmante y una profunda consternación recorren hoy las calles del Litoral Central. La reciente emergencia sísmica ocurrida este miércoles 24 de junio ha vuelto a poner bajo la lupa la innegable realidad de una región que, por su propia naturaleza, está geográficamente marcada por monumentales desafíos.

Frente al dolor de las familias afectadas, el colapso de las infraestructuras y el arduo trabajo de los rescatistas, surge una interrogante ineludible: ¿cómo reconstruir sobre un territorio que la naturaleza reclama cíclicamente? Este reciente desastre no es un evento aislado, sino el capítulo más actual de una larga crónica de vulnerabilidad donde la imponente cordillera y el mar Caribe dictan, de manera implacable, las normas de la ocupación urbana.

La historia de La Guaira y sus desastres naturales trasciende el simple y doloroso conteo de víctimas; es, en realidad, un registro detallado de la evolución urbana frente a retos estructurales colosales.

Las tragedias pasadas nos enseñan que la topografía del estado exige un respeto que la expansión demográfica y la planificación de las ciudades a menudo han ignorado, ocupando espacios que geológicamente le pertenecen al agua y a las fallas tectónicas.

Patrón de eventos extremos

Los documentos históricos evidencian un patrón de eventos extremos que han moldeado y castigado la costa a lo largo de los siglos, según Funvisis.

Terremoto de San Bernabé (1641)

Este terremoto tuvo una magnitud estimada de 7,5 – 8,0 Mb, que azotó, afectando a Caracas y algunas ciudades cercanas, como Cúa y La Guaira, dejando las incipientes estructuras coloniales de la época con daños, y aproximadamente 500 víctimas.

​Terremoto del Jueves Santo (1812)

Este movimiento telúrico redujo a ruinas casi la totalidad de las edificaciones, como los templos de Altagracia, La Trinidad, La Merced, San Mauricio y San Jacinto en La Guaira.

El elevado porcentaje de destrucción paralizó drásticamente el crecimiento urbano del puerto; ocurrió durante las festividades del Jueves Santo, dejó tras él aproximadamente 10 mil fallecidos en Caracas y cerca de 4 mil en La Guaira.

Sismo de San Narciso (1900)

Sus efectos destructivos en el litoral marcaron un hito histórico. A las 4:42 am, se produjo un fuerte sismo en Caracas conocido como el Terremoto de San Narciso, el cual fue de magnitud 8,0. En este sismo se contabilizaron 21 muertos y más de 50 heridos.

Por otro lado, mientras que en Naiguatá se derrumbó totalmente unas iglesias y se reportó un fuerte oleaje que afectó a Macuto, afectó también al telégrafo y al tren Caracas y La Guaira. Esto evidenció la necesidad de monitoreo y dio inicio formal al estudio sísmico en el país con la instalación de los primeros sismógrafos.

​Terremoto del Litoral (1967)

Este trágico evento estremeció la región costera, su magnitud fue de aproximadamente de 6,5, dejó pérdidas materiales incalculables debido a las fallas estructurales y el colapso de edificios en el Litoral Central.

La magnitud de la tragedia en esta zona impulsó directamente la creación de Funvisis para investigar las fallas sismogénicas.

Doble terremoto (junio de 2026)

El evento de este miércoles marca la historia contemporánea de la región. Seguido por más de 400 réplicas registradas en la costa norte —incluyendo un sismo de magnitud 4.2 este mismo lunes con epicentro al este de La Guaira—, ha provocado una fase dolorosa orientada a la recuperación y ha dejado en evidencia la fragilidad de las edificaciones actuales.

Con estos eventos que se pudieron recabar de fuentes documentales, se evidencia que entre cada suceso hay un tiempo de diferencia de 50 a 170 años en cada suceso.

Además, se destaca que el tiempo entre movimientos sísmicos se ha ido acortando, aunque no hay ninguna manifestación técnica con respecto a este hecho.

Esta zona no solo ha sido afectada por movimientos sísmicos, sino que además, registros documentales también han sido afectados por inundaciones y diluvios, como:

Febrero de 1798 (El gran diluvio colonial)

Un inusual temporal de lluvias continuas provocó una impetuosa creciente del río Osorio en el puerto de La Guaira. Las inundaciones destruyeron total o parcialmente los fuertes de La Merced, Cariaco, San Telmo y El Gavilán, el puente de Cariaco y la muralla de la Plaza de Armas.

En Maiquetía, los habitantes abandonaron sus casas en minutos para refugiarse en la iglesia, mientras que en Macuto se reportó la destrucción de varias viviendas bajo cuyas ruinas quedaron víctimas atrapadas.

​25 de noviembre de 1938 (Inundación de Maiquetía)

Una extraordinaria manga de agua provocó la crecida e inundación del río Maiquetía. Las masas de agua destruyeron innumerables viviendas que se habían construido improvisadamente cerca del cauce, cobrando la vida de varios pobladores.

15 y 16 de diciembre de 1999 (La tragedia de Vargas)

Un evento meteorológico catastrófico sin precedentes azotó todo el estado tras semanas de lluvias continuas. Los masivos aludes torrenciales modificaron los perfiles longitudinales de los 30 cauces y ríos que drenan hacia el Litoral Central, destruyendo infraestructuras, alterando los servicios públicos y sepultando comunidades enteras bajo metros de sedimento, rocas y lodo.

Estas catástrofes sísmicas, sumadas a la larga lista de vulnerabilidades hidrometeorológicas (como los deslaves históricos que destruyeron zonas enteras de Macuto, Maiquetía y el cauce del río Osorio), demuestran que el suelo guaireño está en constante tensión.

Planificación y memoria: El único camino hacia el futuro

​Frente a este escenario, la amnesia histórica no puede seguir siendo la norma. Especialistas en sismología, geología de terremotos y equipos de rescate coinciden en una premisa fundamental: la solidaridad ciudadana y la remoción comunitaria de escombros son apenas el primer paso de la recuperación.

La verdadera resiliencia consiste en asimilar que no se puede construir sin normas antisísmicas estrictas sobre sistemas de fallas activas que acumulan energía y la liberan de forma abrupta.

Susana Carrillo González, arquitecta venezolana, en una entrevista a otro medio destaca que «la normativa antisísmica existe en Venezuela, se trata de la norma COVENIN 1756, que cuenta con zonificaciones y microzonificaciones sísmicas, y se reforzó tras el terremoto de 1967».

Susana Carrillo declaró que: «no hay nadie que fiscalice que esos edificios que se cayeron en La Guaira estuviesen construidos de acuerdo con la normativa». El Mundo

Última actualización en 2019

El problema en Caracas y La Guaira es la composición del suelo. Son zonas de sedimentos; no es un suelo rígido ni macizo. Son depósitos formados durante años por aluviones sobre los que se construyó directamente.

En La Guaira, estas zonas no eran aptas para el tipo de construcciones que se hicieron. Incluso después del deslave de 1999, se hicieron construcciones muy altas con planta baja blanda. Es decir, cuando la parte de abajo del edificio está libre, solo se ven las columnas, sin paredes de mampostería, lo que hace que el edificio se mueva mucho más.

Al no tener resistencia, todo el peso cae sobre ellas durante un sismo, convirtiéndolas en un punto vulnerable de la estructura. Esto genera el efecto pancake, por el que el edificio cae como un acordeón.

Falta de fiscalización

En síntesis, Carrillo expone que el problema real no es la falta de normativa, sino la falta de fiscalización del Gobierno para su correcta aplicación, por lo que se debe hacer un análisis genuino de qué zonas son construibles y a qué alturas.

Hay que respetar la microzonificación sísmica, evaluar qué edificios en pie pueden reforzarse y cuáles no. En La Guaira se cometió el error de construir sobre los sedimentos del deslave.

Se debe tener en cuenta que decretar el Litoral Central como una zona no habitable es una utopía inviable para un territorio donde hacen vida cientos de miles de personas y operan las principales arterias de conectividad del país: el puerto y el aeropuerto internacional.

Además, la historia demuestra que el arraigo, la necesidad laboral y la nostalgia vencen a cualquier intento de reubicación forzosa.

Por ello, el desafío no es evacuar la costa, sino aprender a cohabitar con su naturaleza y recordar cicatrices imborrables como Carmen de Uria debe ser el eje de una nueva planificación urbana que entienda, finalmente, que La Guaira vive bajo el asedio constante de dos frentes implacables: los movimientos sísmicos y las inundaciones torrenciales.

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