Productores del campo vive en agonía por la falta de atención gubernamental. Foto: Níger Martínez

Las esperanzas de más de 50 familias en La Montaña, una comunidad campesina de la parroquia Yocoima, se mantienen vivas a pesar del olvido gubernamental. Sin agua potable, caminos asfaltados, luz eléctrica, transporte ni viviendas dignas, sus residentes enfrentan a diario un puente precario que amenaza con derrumbarse. «El Estado debe garantizar estos beneficios, pero aquí no existimos para ellos», coinciden los habitantes, mientras zanquean piedras y maleza en el único acceso, enclavado en plena avenida entre La Porfía y Palo Grande, San Félix.

Luis César Palacios, de 78 años, encarna la tenacidad de este rincón olvidado. Llegó en 1960 con el sueño de trabajar la tierra, sembrando ají, lechosas, yuca y frijol. Tras un breve éxodo, regresó para no abandonarla más. «Presencié la construcción del puente La Esperanza de La Montaña», relata a soynuevaprensadigital.com. «Un ciudadano peruano que se quedó aquí pagó siete mil bolívares porque su madre temía cruzar el río en curiara. Así nació, pero hoy está a punto de caer».

El viaducto, corroído por el tiempo y el tráfico constante, presenta huecos en sus láminas de acero y bordes oxidados. En época de invierno, el río Yocoima se desborda y pasa por encima, dejando a La Montaña incomunicada por días. Las familias deben caminar kilómetros hasta el caserío Manuel Piar, junto al Rosario, para movilizarse. «Es un caos total», describe Palacios. «Sin puente, sin servicios, resistimos como podemos, cosechando lo que la tierra nos da».

Los pobladores denuncian que, pese a su cercanía a San Félix, La Montaña permanece invisible para las autoridades. Exigen no solo la reparación del puente, sino la llegada de agua, electricidad y vías seguras. Mientras tanto, la siembra de Palacios y sus vecinos sigue siendo su único sustento en medio del abandono.

Pobreza extrema

Luis César Palacios, el agricultor pionero desde 1960, recuerda cómo en el primer gobierno de Pastora Medina al frente de la Alcaldía de Caroní, entre 1996 y 1997 se inició la electrificación. «Trabajé abriendo huecos y sembrando postes desde la entrada de La Montaña hasta más allá del sector Manuel Piar», cuenta. Sin embargo, la inseguridad obligó a muchos a huir, abandonando propiedades. Ladrones se llevaron las guayas de alta tensión, dejando solo los postes «porque no pudieron sacarlos».

Palacios insiste en la urgencia del puente La Esperanza, a punto de colapsar. «Debe reconstruirse con una estructura sólida que proteja a mujeres, niños y ancianos, que somos la mayoría aquí», urge con preocupación.

La pobreza extrema azota la zona, invisible para las autoridades, pero los residentes mantienen esperanzas de resurgir. Ronny Salas, otro vecino, destaca la ayuda de un benefactor en la salida de la comunidad: «Nos da agua de un pozo profundo, bolsas de alimentos y ropa en buen estado que repartimos entre todos».

Una lugareña relata la desigualdad en las ayudas. «En Manuel Piar entregaron tanques de mil litros, pero aquí nada. El mío está remendado con parches y no aguanta más; nos abastecemos del agua de lluvia porque no hay red de agua tratada», se queja. Así, entre postes desnudos, un puente peligroso y goteras en tanques improvisados, las 50 familias de La Montaña claman por servicios básicos que el Estado les debe.

Pobreza extrema

Yelitza Salazar, madre de tres niños, relata cómo la carencia se intensificó hace 15 años. «Sobrevivimos ayudándonos entre nosotros, pero necesitamos al gobierno para reconstruir el puente, electrificar, auxiliar a enfermos de dengue y paludismo, y a ancianos con múltiples dolencias», clama la mujer.

En emergencias, el puente precario y la vía invadida por maleza impiden el paso de ambulancias. Solo cuentan con un pastor que sabe primeros auxilios, pero «hay casos que no esperan al día siguiente», advierte Salazar.

Exigen un módulo de salud y una escuela, pues los 18 niños del sector caminan hasta La Porfía, el colegio más cercano. Priorizan el puente, un pozo profundo con agua potable –la actual no es apta para humanos– y electrificación estable.

La luz llega de forma improvisada: «La conducimos desde afuera con alambres de púa o retazos de guayas que empatamos», confiesa.

Tras cuatro meses a oscuras, Corpoelec instaló dos transformadores, después de gestiones eternas, pero aún hay casas sin servicio por falta de cables.

La comunidad, con ancianos dependientes y niños desnutridos severamente, carece de CLAP, gas doméstico, usan fogones para cocinar sus alimentos y excusados para sus necesidades.

Salazar, agotada por promesas incumplidas, resume: «Estamos cansados; el gobierno nos olvida».

El día a día de esta madre se afianza en la fe y confianza en Dios, la población de La Montaña se aferra al creador para no perder las esperanzas que en algún momento esa ayuda va a llegar.

 

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