Hubo un tiempo en que Alta Vista no era un enjambre de avenidas asfaltadas ni un centro comercial sobre otro, sino una meseta roja y abierta donde el viento del Orinoco corría libre. En esa naciente Ciudad Guayana, concebida bajo el mandato del presidente Rómulo Betancourt a partir de aquel histórico 29 de diciembre de 1960 y consolidada con la erección del edificio de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) en 1967, el entretenimiento familiar encontró un templo insuperable: el Cine Carro.
Avanzadas las décadas de 1970 y 1980, en el gran terreno al aire libre frente a lo que hoy es la Plaza Monumento, donde actualmente se levantó el Centro Comercial Ciudad Alta Vista II, flanqueado por las estaciones de servicio Caura y Alta Vista, se erigía una imponente pantalla gigante de concreto y armazón metálica. En esa época solo existía una vía de dos canales que conectaba a San Félix con la zona industrial Matanzas; sin embargo, al caer la tarde, decenas de automóviles se alineaban frente a la gran mole blanca.
Ir al Cine Carro era una ceremonia. Las familias acomodaban a los niños en los asientos traseros de los grandes coches de la época o sobre los capós cálidos. El audio de las películas llegaba de dos formas mágicas, sintonizando la dial AM/FM en el reproductor del vehículo o enganchando a la ventanilla aquel pesado altavoz de poste, de cable enroscado y sonido metálico, que olía a brisa nocturna y a cotufas recién hechas.
Mucho antes de que existieran la sede de Edelca o el C.C. Ciudad Alta Vista I, inaugurado en 1998, el Cine Carro, junto al Centro Comercial Zulia y el C.C. Mamy, representó el latido pionero de una ciudad que aprendía a encontrarse a sí misma.
Cuando San Félix y Puerto Ordaz compartían la penumbra
Pero la pasión por el séptimo arte en la urbe no comenzó ni terminó en el autocine. Durante la era dorada del desarrollo industrial, cuando los trabajadores de las empresas básicas y las familias pioneras buscaban esparcimiento, los cines de calle de pantalla única eran los grandes centros de reunión comunitaria. No hacían falta los complejos modernos; la masa social abarrotaba las taquillas de imponentes edificaciones independientes.
En San Félix, el bullicio popular colmaba las marquesinas del Cine Piar, el Cine Principal, el Cine Río, el Cine Plaza y el memorable Cine Esequibo en el sector Campo Rojo. A la lista se sumaban el cine Las Palmas en La Unidad y la concurrida sala de Bella Vista, recintos donde la doble función era el panorama obligado del fin de semana.
Al otro lado del río, en Puerto Ordaz, la proyección de la vida urbana pasaba por el histórico Cine del Centro Cívico, el emblemático Cine Lorena de Castillito, además de las salas Altamira, Cuyuní, Rex, El Royal y Canaima. Cada proyección era un acontecimiento colectivo donde la ciudad entera respiraba al mismo ritmo en la oscuridad.
La irrupción del video casero y el paulatino silencio de las salas
El encanto masivo de la pantalla gigante comenzó a agrietarse a mediados de la década de 1980. La llegada de la tecnología doméstica, primero con el Betamax y el VHS, y décadas más tarde con el DVD y el Blu-ray, cambió drásticamente el comportamiento del guayanés.
La ciudad se cubrió de videoclubes. Cadenas locales e hitos comerciales como Video Color YAM o la transnacional Blockbuster pasaron a ser los nuevos puntos de encuentro. Las filas de los viernes por la noche ya no eran para comprar un boleto frente a la pantalla grande, sino para alquilar el casete del estreno del momento.
La comodidad de ver películas en la sala de la casa, sumada a los crecientes problemas de inseguridad, fallas en la infraestructura y los cambios económicos de los años 80 y 90, fue apagando los proyectores de calle. Una a una, las salas tradicionales de una sola pantalla se declararon en quiebra. Los imponentes edificios que un día albergaron los aplausos del público mutaron con los años en depósitos comerciales, locales de mercancía variada o templos religiosos.

De la pantalla gigante a la palma de la mano
A la par de la transformación digital, el mapa urbano de Alta Vista también experimentó su propia metamorfosis. Aunque el sector se consolidó como el corazón financiero y comercial de la urbe, la proyección de su crecimiento sufrió frenazos vertiginosos. Hoy en día, la arquitectura de la zona exhibe el contraste entre el dinamismo comercial y el abandono de grandes edificaciones e infraestructura que quedaron a medio camino o cayeron en el deterioro.
El modelo del cine sobrevivió migrando al formato multiplex dentro de los centros comerciales, pasando por las salas del C.C. Ciudad Alta Vista I hasta la oferta de Cines Unidos en el C.C. Orinokia Mall. Sin embargo, la piratería digital, el almacenamiento en pendrives y, finalmente, la consolidación del streaming, Netflix, plataformas digitales e IPTV, terminaron por reconfigurar la oferta.
En San Félix las salas desaparecieron por completo, reduciendo la experiencia cinematográfica de toda la ciudad a un puñado de pantallas comerciales en Puerto Ordaz.
Frente al bajo costo y la inmediatez que ofrecen las pantallas domésticas, la salida al cine dejó de ser la forma primaria de consumir audiovisual para convertirse en un evento de consumo selectivo.
Quienes hoy cruzan la puerta de una sala buscan el ritual inmersivo que la casa no da. Pero para quienes vivieron los años de la Guayana naciente, cada vez que cae la noche sobre Alta Vista, parece escucharse aún el eco distante del audio de radio sintonizando una película bajo las estrellas en el inolvidable Cine Carro.
¡Síguenos en nuestras redes sociales y descargar la app!














