Techo del Castillo San Franciso de Asís, en algunas áreas se vinieron al suelo, el abandono es evidente. Foto: Níger Martínez

El viaje hacia el pasado de Venezuela se corta abruptamente en el presente. Para llegar a los Castillos de Guayana, el viajero debe sortear una vía herida: desde El Triunfo hasta la Parroquia Piacoa, la carretera es una sucesión matemática de cráteres profundos que inutilizan el tránsito y ahuyentan el porvenir. Los sitios turísticos del municipio Casacoima, en el estado Delta Amacuro, hoy configuran un mapa de abandono; una geografía donde la desidia gubernamental avanza más rápido que los automóviles.

 

El lento derrumbe de San Francisco de Asís

Erigido a finales del siglo XVII, allá por 1678, el Castillo de San Francisco de Asís se levanta sobre una imponente roca a orillas del soberbio río Orinoco. Alguna vez fue el escudo inexpugnable de la provincia; hoy, es una estructura sitiada por el olvido. En la caminería principal, las losas coloniales se han despegado, rotas por las raíces de árboles colosales que levantan el suelo como si la propia naturaleza reclamara el espacio.

Al cruzar el umbral, el panorama es devastador. Los cañones que alguna vez escupieron fuego contra piratas holandeses e ingleses lucen hoy cubiertos de óxido y desamparo. Los techos de las habitaciones se desploman a pedazos; las tejas caen en silencio y dejan grandes aberturas al cielo que se perfilan con tristeza a través de las ventanas de madera carcomida. Desde las escaleras de acceso, el hongo y el limo verde se han apoderado de las piedras. Quien camina por allí no lo hace con la soltura del turista, sino con el cuidado del equilibrista, sabiendo que un resbalón en esa superficie húmeda asegura una lesión grave.

La agonía de un parador turístico

La desolación de la fortaleza se extiende al paisaje vegetal. Las ceibas longevas que custodian la entrada se han inclinado de forma peligrosa, convirtiéndose en una amenaza latente para los pocos visitantes que aún se atreven a llegar. Una de ellas ya cedió y yace en el suelo. El éxodo de turistas es una realidad que los lugareños confirman con la mirada baja, los paseos han mermado hasta casi desaparecer.

El aislamiento no es solo institucional, es también geográfico. El transporte público hacia este caserío es un fantasma que opera bajo sus propias reglas, un solo vehículo sale a primera hora del amanecer y regresa por la tarde. Fuera de ese horario, la única opción es la astucia o el bolsillo. Los mototaxistas locales se han convertido en el único puente con el resto del mundo, pero el viaje por la maltrecha carretera puede costar la astronómica cifra de 50 dólares por pasaje.

Postales rotas de la época dorada

Hubo un tiempo mejor. En 1965, la zona fue declarada oficialmente como Monumento Histórico Nacional, y entre los años 70 y 80 el complejo vivió su época de esplendor. El gobierno regional y la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) instalaron caminerías, iluminación y señalizaciones que armonizaban el valor arquitectónico con la majestuosidad fluvial. A la par de este impulso, nació de forma orgánica la zona de «El Pescado»: un corredor gastronómico donde el aroma a sapoara, coporo y curbinata frita atraía a familias enteras a la orilla del río.

Hoy, las fachadas de aquellas casas coloniales muestran la pintura descascarada y los techos hundidos. La Corporación Venezolana de Guayana y las direcciones de turismo parecen haber borrado este punto del mapa, dejando las viviendas históricas a merced del viento y el sol.

San Diego de Alcalá: Testigo de la desidia

Un poco más arriba, en el cerro El Padrastro, se encuentra el Castillo de San Diego de Alcalá, edificado entre 1734 y 1747 como apoyo estratégico para divisar al enemigo en la distancia. Rebautizado en el siglo XIX como Castillo Campo Elías, esta joya del siglo XVIII se encuentra en condiciones aún más críticas que su hermano mayor. Las puertas y ventanas han desaparecido, los ladrillos se deshacen y los cañones miran al infinito, mudos testigos de una desidia que borra la historia.

«Tenía más de dos décadas sin venir. No pensé conseguir las edificaciones en este estado, destruidas y abandonadas; cuánta desidia», confiesa Ana Luisa, una visitante que contempla los muros con una mezcla de nostalgia y dolor. A unos metros, Pedro Gutiérrez no oculta su indignación: «Es patrimonio histórico de Venezuela y el Gobierno permite que se caiga a pedazos».

En los alrededores de los castillos ya no se ven comisiones técnicas ni expertos en restauración. Los moradores de la zona aseguran que las autoridades no han pisado el lugar en años. El peso de la historia y el mantenimiento de estas moles de piedra recae únicamente sobre los hombros de un par de trabajadores locales; hombres que, sin recursos ni herramientas, hacen lo que pueden para que el pasado no termine de desplomarse por completo.

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