
En la cima de un cerro abrasado por el sol implacable, a pocos metros del rugido constante del río Caroní y la sombra ominosa del Matadero Municipal, se extiende la calle Brisas del Orinoco como un rincón geográfico olvidado por más de 60 años. Piedras sueltas y arena reseca delinean el único camino serpenteante entre ranchos de zinc oxidado y bloques improvisados, donde cientos de familias soportan un castigo colectivo; ausencia total de agua potable por tuberías, luz que parpadea a merced de los cortes y pozos sépticos como únicos testigos de su precariedad sanitaria. El aire huele a polvo y resignación, mientras el matadero, con su cerca perimetral de bloques altos como una muralla infranqueable, ostenta en letras negras el nombre de Mamuca C.A., aunque ya no reparte tripas, vísceras ni mondongo que antes aliviaban el hambre de los vecinos.
María, madre de tres niños que prefiere ocultar su apellido, barre el polvo interminable frente a su rancho mientras sus hijos improvisan juegos con latas vacías rodando por el suelo. «Aquí el hambre no avisa, se queda para siempre», murmura con voz agotada, señalando un fogón apagado donde la noche anterior solo compartieron una arepa raquítica.
Antaño, esta zona de la parroquia 11 de Abril bullía con pescadores que tallaban picas rudimentarias hacia el río, uno de los grandes afluentes de Ciudad Guayana. «Llegamos hace 30 años buscando refugio, pero el cerro nos venció», evoca un baquiano del barrio que aún lanza su línea al Caroní al amanecer, cuando la niebla se disipa. Hoy, Altamira I es un laberinto de ranchos dispersos, accesible solo por un kilómetro de trocha polvorienta que espanta a los servicios públicos, pero que sus habitantes transitan con la certeza de padecer entre cuatro láminas de zinc retorcidas y carcomidas por el óxido.

Lamentos y necesidades
Para indagar más en las entrañas del barrio, me acerqué a Sunirde Calzadilla, sentada en la parte trasera de su rancho, aguardando con paciencia estoica el retorno de la luz que llevaba horas ausente. Construyó primero una barraca humilde, luego huyó al sector Guaiparo junto al Hospital Dr. Raúl Leoni; regresó, se fue de nuevo por motivos que guarda en silencio, y finalmente volvió a Brisas del Orinoco, donde acumula más de 40 años esperando agua por tuberías, red de aguas negras, aceras y brocales. A un lado de su casa acecha una mata de mango imponente, con raíces expuestas y ramas que la aterran por su riesgo de derrumbe sobre el techo. Ha clamado ayuda vía VenApp, pero el socorro se pierde en el éter. «Pide a Dios que no se caiga; en lluvias, el peligro se multiplica, pero mis plegarias lo sostienen», confiesa, aferrándose a la fe mientras el techo podrido acumula hojas y ramas caídas. Para ellos, obtener agua es un martirio diario; la recolectan de tubos improvisados, no apta para humanos, y deben comprar potable cuyo precio galopa sin piedad, mientras las lluvias anegan sus hogares.
Pobreza extrema
Un poco más adentro, Ana forcejea con un tubo improvisado para llenar envases plásticos de agua turbia, rodeada por un hijo de más de un año que la estorba en su lucha. La joven madre soltera, que sobrevive limpiando casas ajenas, estalla en frustración: «Hay demasiada necesidad aquí, y el agua es la peor; estamos a metros de los ríos Caroní y Orinoco, ¡y ni una gota potable!».
Andrea, con ocho hijos, la mayor con necesidades específicas y los pequeños en primaria de la escuela Altamira, ve empeorar todo por los precios disparados; su esposo labora en el matadero, pero el salario no alcanza.
Mujeres abandonadas por parejas ingenian milagros para alimentarse, mientras niños se acuestan con el estómago vacío.
Concepción Ortega recorre kilómetros diarios por recipientes de agua dudosa, usada para cocinar y beber: «Gracias a Dios, nadie ha enfermado aún, aunque no es apta», exclama con alivio precario.
Hambruna al acecho
Casi al borde del río, en una barraca de zinc de apenas cuatro por tres metros, una familia hacinada resiste. Un niño de 13 años vigila la puerta mientras su madre regresa de la iglesia evangélica Emaús con sobres de Lactovisoy para ocho hermanos amontonados en dos camas desgastadas e insalubres.
«Dormimos uno al lado del otro, como sardinas; sueño con estudiar, ayudarlos y salir de aquí a un lugar digno», es el sueño del adolescente, aunque pide al gobierno casa, ayuda económica y fin a la hambruna.
El gas doméstico y bolsas CLAP son reliquias del pasado; «promesas que caen en saco roto, olvidados por alcaldía, gobernación y Gobierno nacional», lamenta un lugareño con voz quebrada por la tristeza acumulada.
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