
Un uniforme azul y una sonrisa son a veces el único bálsamo para quienes enfrentan la soledad y el miedo en una cama de hospital. «El voluntariado es un acto pequeño que ilumina vidas», afirma con convicción Klariaure Sánchez, actual presidenta de Acción Voluntaria de Hospitales (AVH), filial Guayana, que resiste ante el paso del tiempo, la escasez de relevo y el vacío que dejó la pandemia, manteniendo viva una vocación de servicio que humaniza los pasillos clínicos.
¿Qué es la acción voluntaria?
Una tarde con los Ángeles Azules —título popular que se han ganado a pulso por su loable labor— es suficiente para transformar la visión sobre el servicio, la paz y la compasión.
Al cruzar las puertas de su sede, una casita de tonos azul cielo y blanco ubicada en Puerto Ordaz, Alta Vista, justo antes de bajar al Hospital Uyapar y frente al laboratorio bioclinico Roraima, se siente el abrazo de la tranquilidad.
«Somos los ojos que escuchan, las manos que ayudan, los corazones que acompañan. No reemplazamos a ningún profesional médico, pero completamos su labor con un trato más humano y personalizado», explica Sánchez, hablando sobre este equipo que actúa con respeto, confidencialidad y calidez humana.

Actualmente, este oasis de altruismo está sostenido por apenas 20 mujeres, en su mayoría adultas mayores que acumulan más de una década de servicio.
Acción Voluntaria de Hospitales es, en esencia, una Asociación Civil, sin fines de lucro, de carácter benéfico, abierta a todos los credos religiosos e integrada por hombres y mujeres que prestan un servicio voluntario no remunerado, cumpliendo un trabajo real y efectivo en los hospitales públicos y privados de la ciudad, aunque particularmente la filial solo opera en el Hospital Uyapar.
Inicios de Acción Voluntaria de Hospitales
La historia de AVH es de compromiso, así comentan las voluntarias. Al respecto, la presidenta destaca que «hace 52 años, un grupo de mujeres comprometidas con la comunidad fundó Las Damas de Azul con el propósito de brindar acompañamiento y apoyo a pacientes y familiares en situación de vulnerabilidad. Desde entonces hemos mantenido una labor constante y desinteresada».
A nivel nacional, la semilla fue plantada el 24 de octubre de 1969 por Annie Snajderman, quien trajo la idea del voluntariado desde Norteamérica junto con un grupo de personas, entre las que se recuerdan al Sr. Paneiko y señora, el Dr. Hernán Quintero Úzcátegui (su primer presidente), el Sr. Carlos Guinand Baldó y señora, el Dr. Oscar Pérez Mijares y señora, y Alberto Guinand Baldó y señora, siendo así que se funda ‘Acción Voluntaria de Hospitales’.

Filiales en Bolívar
Para entrar más en detalles sobre la región, la señora Carlini, supervisora de zona, narró que «su primer presidente fue la Sra. Amparo de Rodríguez».
Asimismo, indicó que «las labores iniciales fueron en el Hospital General de San Félix, hoy Raúl Leoni; fundado luego el Hospital Uyapar, se extiende el servicio a este centro».
Posteriormente, «se fundaron los Núcleos de Guri y Upata, desapareciendo el primero por ausencia de la compañía al finalizar la obra de la represa y el segundo pasó a ser la actual Filial Upata por reunir los requisitos para la misma».
Aunque este voluntariado se enfoque en el acompañamiento al paciente desde una perspectiva emocional, la filial Guayana, desde la vocación, su labor va más allá del consuelo: donación de medicamentos, pañales desechables, muletas y el desayuno.
«Tú ves esa pizarra que está ahí […] las anotaciones son para prestar especial atención a ciertos pacientes, especialmente a los que están solos […]»; aunque se hicieron distintas entrevistas, cada una señaló la importancia de la pizarra, por la planificación, alineación y coordinación que implicaba la misma. Una frase, corta y precisa, que repitieron casi como un mantra fue «dar sin prometer», lo cual nos permite dimensionar la responsabilidad con la que tomamos esta tarea.

Odisea de la pandemia
No es un secreto para nadie lo que significó la pandemia: despidos, soledad, tristeza o aislamiento; aunque para algunos no fue así, se puede coincidir en que implicó la ruptura de la normalidad, y para estos ángeles no fue la excepción. Ellas lo describen como un momento difícil y doloroso.
Las estrictas medidas y el alto riesgo obligaron a estas mujeres a alejarse de los pasillos donde sentían que eran más útiles. El confinamiento trajo una caída drástica del voluntariado; muchas no pudieron seguir sirviendo y otras, tristemente, abandonaron este plano terrenal. Aunque, aun en pandemia, su sede física fue requerida por la gobernación del estado como un «lugar de paso», por lo que tuvieron que prestarlo momentáneamente.
Tras la pandemia, filiales enteras cerraron en el sur del estado, dejando a Upata y Ciudad Guayana como los últimos bastiones de una lucha que clama por nuevas manos.

Entrega en cada acto
Las vivencias en los hospitales son el motor de la institución. En una ocasión, dos voluntarias llevaron muletas a un paciente. Entre bromas, lograron que un hombre vecino de cama riera a carcajadas. Minutos después, la hermana de ese paciente se acercó llorando: «Gracias, ustedes han hecho reír a mi hermano, que había llorado toda la mañana porque le amputarán hoy las piernas». Esa misma mujer prometió unirse a la causa y hoy es voluntaria en Upata.
Otra historia desgarradora ocurrió en emergencias, cuando una paciente al ver a la voluntaria exclamó: «La vi a usted y vi a mi mamá». Al no tener familia, encontró en ese uniforme azul la figura materna que anhelaba. Un paciente arropado llegó a decir: «Un ángel me está quitando el frío».
Esta labor implica honor y reconocimiento; aunque no lo busquen, su organización se los da a través de los botones que portan en sus uniformes.
«El uniforme se porta con absoluto respeto, y sobre él descansan los botones. Medallas al amor y la constancia», alegaron las voluntarias.
En búsqueda de relevo
La institución urge de relevo. «La gente piensa que es fácil… Pero ser voluntario requiere de una verdadera convicción y de un compromiso inquebrantable», advierte la presidenta.
«El voluntariado no es solo una actividad, es un estilo de vida. Es elegir poner al otro por encima de uno mismo y en cada paciente que atendemos, que socorremos, estamos viendo el rostro de Cristo”, alega Sánchez. Convertirse en Ángel Azul requiere vocación.
El proceso inicia al momento de expresar la voluntad de querer estar y tener más de 18 años. Posteriormente, se realiza un curso de capacitación intensiva en su sede que comprende temas indispensables como reglas, conocimientos de la institución, el perfil y relaciones humanas.
Luego, los aspirantes deben cumplir una pasantía bajo supervisión dentro del hospital, bajo la supervisión de una dama azul, para finalmente llegar al emotivo acto de juramentación. Se necesitan hombres y mujeres que ofrezcan su tiempo para sanar con esperanza.
Botones: prueba tangible de su labor
El uniforme se porta con absoluto respeto, y sobre él descansan los «botones», medallas al amor y la constancia, declara la actual supervisora de zona.
Se otorgan el botón de años cada cinco años de trayectoria y el botón de horas según una escala que reconoce desde 100 hasta más de 6.000 horas de dedicación directa al paciente.
Asimismo, el servicio distinguido rinde homenaje a quienes acumulan más de una década de labor excepcional, mientras que el botón de asesor distingue la valiosa guía de expresidentas y exvicepresidentas, culminando este reconocimiento institucional con las condecoraciones nacionales concedidas por la directiva en Caracas.
·El voluntariado nos regala propósito, gratitud y la alegría de ver sonrisas donde antes había dolor. ¡Es el legado más puro que podemos dejar! Así somos las Damas de Acción Voluntaria de Hospitales», expresó con orgullo la presidenta.

Un compromiso por el país y Guayana
Para cerrar, Klariaure Sánchez hace una promesa firme e indeclinable. «Acción Voluntaria de Hospitales cada año renueva su compromiso con Puerto Ordaz y toda Venezuela, y les garantizamos que vamos a seguir sirviendo con humildad, con pasión y con la certeza de que cada hora dedicada al prójimo vale la pena», sentenció.
Cada una de las voluntarias deja claro algo: ser un ángel azul no es un pasatiempo; es tener la humildad de saber que, a veces, la medicina más potente es simplemente estar allí, sosteniendo una mano en la oscuridad.
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