
El sol en el sector El Rosario, en la parroquia Chirica, no solo calienta; parece devorar lo poco que queda. En esta zona remota de San Félix, el río Yocoima es una cicatriz seca durante el verano y las tuberías son, desde hace 18 años, monumentos al olvido. Aquí, el agua no fluye: llega sobre dos ruedas y a paso de motor.
El silencio de la comunidad se interrumpe constantemente por el traqueteo de cinco motocicletas. No son repartidores de comida ni mensajeros; son los «jinetes del agua». Cada moto arrastra un remolque artesanal donde bailan dos pipotes de 200 litros. Para los vecinos, ese sonido es una mezcla de alivio y angustia financiera.
“Nos las ingeniamos para tener el servicio luego de que desaparecieron los camiones cisterna”, relata una madre del sector, cuya mirada se pierde en el envase vacío. Ese día, los 450 bolívares que cuesta un solo tambor de agua no estaban en su presupuesto. En El Rosario, la sed tiene precio de lujo.
La odisea del kilómetro
Yuber Gómez es uno de los hombres que ha hecho del acarreo de agua su forma de vida. Su jornada transcurre entre su casa y «El Manantial», un pozo profundo ubicado a un kilómetro de la Bodega El Ponsigué.
La logística es un negocio de supervivencia; según los motorizados pagan 50 bolívares en el pozo por cada tambor. Gómez hace hasta 20 viajes diarios, cargando el peso de los recipientes por calles maltrechas y revenden cada tambor en 450 bolívares para cubrir el mantenimiento de la moto, cauchos, aceite y el sustento de sus familias.
“Llegar hasta El Manantial, llenar y trasladar es una manera de ganarse la vida”, afirma Yuber, defendiendo un costo que, aunque razonable para su esfuerzo, resulta prohibitivo para una comunidad sumida en la precariedad.
Una sed desigual
Mientras los vecinos cuentan cada gota, la paradoja se asoma en las instituciones públicas. El Rosario cuenta con escuela, liceo y un Centro de Diagnóstico Integral (CDI). Allí, el agua sí llega en camiones cisterna de la Alcaldía de Caroní, pero con una frecuencia que los habitantes califican de insuficiente y «selectiva».
La queja es colectiva, los camiones surten a las instituciones y al personal médico extranjero, pero pasan de largo frente a las casas sedientas. «Pedimos que la comunidad sea abastecida igual que a los cubanos», reclaman los vecinos, quienes ven cómo el agua de las instituciones se agota a los pocos días, dejándolos nuevamente a merced de los remolques de las motos.
El ciclo de la evaporación
En El Rosario, el tiempo se mide en décadas de sequía y el dinero se evapora tan rápido como el agua bajo el sol de San Félix. Mientras no haya una solución estructural que devuelva el fluido vital a las tuberías, la vida seguirá dependiendo de esos cinco motorizados que, entre el polvo y el calor, conducen la única esperanza líquida que llega a la puerta de cada casa.
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