He visto muchas formas de degradación del liderazgo, pero pocas tan sutiles y peligrosas como el mesianismo gerencial.

La pregunta debe ser directa y sin rodeos: ¿En qué momento tu oficina dejó de ser un centro de operaciones para convertirse en una extensión de tu templo?

Mi tesis es ética y operativamente contundente: Un jefe que prioriza la religión sobre las competencias profesionales no está liderando una empresa, está dirigiendo una secta.

Cuando el reconocimiento y los ascensos dependen de la fe compartida y no del desempeño, la organización pierde su propósito.

Una empresa de creyentes incompetentes es un fracaso disfrazado de misión.

La fe no es una métrica de desempeño

El caso que conocí es un manual de lo que no debe ser la gestión humana. Un jefe (quién fue muy amigo) marginaba silenciosamente a quienes no compartían su credo, mientras bonificaba y promovía exclusivamente a sus correligionarios. Las reuniones de trabajo se transformaban en sesiones de adoctrinamiento velado, creando un círculo de confianza basado en la devoción y no en el talento.

Esto genera un desperdicio (waste) de talento masivo. Al sustituir la meritocracia por la afinidad religiosa, el líder rompe la Justicia (Dikaiosyne).

La empresa se llena de personas cohesionadas emocionalmente, pero incapaces técnicamente.

El resultado es predecible: una cultura de complacencia donde «tener fe» reemplaza a «tener resultados». La fe puede mover montañas, pero en el mundo real, no arregla un flujo de producción defectuoso ni cuadra un balance financiero si no hay competencia técnica detrás.

Justicia estoica: equidad sobre dogma

La Gerencia Estoica nos enseña que el líder debe ser un servidor de la Razón (Logos). Marco Aurelio nos recordaba que todos somos parte de un sistema social y que nuestra función es actuar con justicia hacia nuestros semejantes. La Justicia estoica exige tratar a cada individuo según su mérito y su contribución al bien común, independientemente de sus convicciones metafísicas.

Cuando un líder discrimina basándose en la fe, está operando desde la pasión y el juicio sesgado, lo cual es la antítesis de la Prudencia (Phronesis).

Un verdadero líder respeta la libertad de conciencia de su equipo y entiende que la diversidad de creencias, cuando está unida por la competencia profesional, fortalece la organización. Dividir al equipo entre «fieles» e «infieles» es sembrar una desconfianza que tarde o temprano destruirá la lealtad de los más talentosos.

Desafío del liderazgo laico y profesional

El ROI de una empresa se fundamenta en la capacidad, la disciplina y el carácter. Los valores éticos son universales y no requieren de una etiqueta religiosa para ser efectivos en el trabajo: la honestidad, el coraje y la templanza son virtudes que un agnóstico puede practicar con tanta o más fuerza que un devoto.

La empresa es un espacio de creación de valor, no un tribunal de almas. Si el criterio para un bono es la asistencia a un culto y no la eficiencia de un proceso, has fallado como gestor.

Audita hoy tus sesgos: ¿Estás premiando el talento o estás buscando espejos de tu propia fe? La competencia genera resultados; el dogma solo genera obediencia.

Elige la excelencia.

Hoy. No mañana.

¡Síguenos en nuestras redes sociales y descargar la app!

Facebook X Instagram WhatsApp Telegram Google Play Store