
A pocos metros del puente que une a Los Naranjos con Ciudad Bendita, el río Yocoima corre con la misma parsimonia con la que Osmundo Antonio Linares atiende su nuevo negocio.
El viaducto, más que una estructura de concreto, es la arteria que da vida a su emprendimiento, una pequeña bodega que es la primera en dar la bienvenida a quienes cruzan hacia la mencionada comunidad de la parroquia Chirica. De entrada, un aviso rústico escrito sobre una lámina de cartón piedra ofrece el alivio que muchos buscan en San Félix: «Hay punto».
Osmundo es un hombre delgado, de movimientos pausados pero firmes. Sus cabellos, barba y bigotes, todos teñidos de un blanco absoluto, delatan una vida de casi siete décadas. Antes de ser el bodeguero de la esquina, fue maestro constructor. Sus manos ayudaron a levantar el Plan IV de Sidor y la empresa Carbonorca en la zona industrial de Matanzas.
Emigró desde Mérida, pasó años en el Delta Amacuro y finalmente se asentó en este rincón de Guayana hace ocho años. Hoy, el hombre que una vez trabajó en los proyectos más ambiciosos del país, utiliza tablas y palos para improvisar estantes donde exhibe, en hileras, los pocos artículos de la cesta básica que logra reponer.
El desafío de emprender en la escasez
La incursión de Osmundo en el comercio es joven, apenas suma tres semanas. Es padre de seis hijos y abuelo de varios nietos, una familia que es motor y motivo. Sin embargo, la realidad golpea con la misma fuerza que el sol de Chirica. «Las ventas están pésimas», confiesa con una honestidad punzante. «No hay dinero, la gente pide a crédito y uno apenas está comenzando».
En Ciudad Bendita, las bodeguitas han brotado en cada cuadra como hongos después de la lluvia; es la estrategia de supervivencia del sector: vender desde una «teta» de café hasta un trago de ron para pasar el día.
La tierra como respaldo ante el olvido estatal
Cuando el flujo de clientes se detiene, Osmundo no descansa. En los espacios libres de su parcela, se dedica a labrar la tierra. Allí crecen plátanos, ocumo, lechosa, cambur y yuca, una suerte de despensa natural que lo protege cuando el estante de madera se queda vacío.
Es su respuesta personal a una comunidad donde el agua por tubería es un recuerdo lejano, la luz falla hasta tres veces al día y los camiones de basura son una leyenda urbana de la que nadie recuerda el color. Ante la ausencia del aseo urbano, los desperdicios terminan cerca del río, una herida abierta en el paisaje de la parroquia.
Una fe inamovible tras el mostrador
A pesar de las quejas, del ruido de los carros que pasan constantemente por la vía principal o del silencio de los bolsillos vacíos, Osmundo mantiene una lucidez esperanzadora. No se ve a sí mismo como un hombre derrotado por los avatares del destino. Detrás de su mostrador improvisado, este veterano de la construcción asegura que su última gran obra no será de concreto, sino de fe. Está convencido de que, a pesar de su edad, Dios le concederá el tiempo suficiente para ver a Venezuela crecer económicamente una vez más, tal como él ayudó a construirla hace décadas en los galpones de Matanzas.
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