Desde el inicio de sus operaciones, el telescopio espacial James Webb (JWST) ha desafiado las bases de la astronomía moderna. Uno de sus hallazgos más desconcertantes fue la detección de una familia de objetos extremadamente brillantes y lejanos conocidos como «little red dots» (LRD) o pequeños puntos rojos.
Inicialmente, estos puntos no encajaban en ninguna categoría conocida: parecían ser o bien agujeros negros imposibles por su tamaño, o galaxias jóvenes con una densidad estelar inexplicable.
El «capullo» que envuelve la luz
Asimismo, un nuevo estudio publicado en la prestigiosa revista Nature y con James Webb parece haber encontrado la pieza que faltaba en el rompecabezas. Tras analizar una docena de galaxias de forma individual y combinar datos de otras 18, los investigadores proponen que estos objetos son, en realidad, agujeros negros en una fase temprana de crecimiento.
La clave de su apariencia rojiza reside en que no vemos al agujero negro directamente, sino la radiación dispersada por un denso «capullo» de gas y electrones que lo rodea, explica DW en Español.
Comedores desordenados en el universo primitivo
Según explica Darach Watson, coautor del estudio y profesor en la Universidad de Copenhague, estos agujeros negros son cien veces menos masivos de lo que se estimó al principio.
El proceso de alimentación genera el brillo intenso y el color rojo: al succionar el gas, el sistema lo acelera y comprime en un disco que alcanza millones de grados de temperatura.
Sin embargo, los agujeros negros se comportan como «comedores desordenados»; solo absorben una pequeña fracción del gas y expulsan el resto violentamente por los polos.
Interrogantes que persisten en el cosmos
A pesar del avance, la comunidad científica mantiene cautela. Expertos como Rodrigo Nemmen, de la Universidad de São Paulo, coinciden en que la hipótesis del agujero negro supermasivo es la más plausible, pero advierten que aún quedan misterios por resolver, como la inexplicable debilidad de los rayos X detectados en estas zonas.
Finalmente, futuras observaciones serán cruciales para determinar si esta «fase de capullo» es un paso universal en la evolución de todas las galaxias y sus núcleos energéticos.
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