El viaje comienza en el semáforo de El Mirador, en San Félix. Son más de 20 kilómetros de asfalto en buen estado los que separan al gigante industrial de Bolívar de una tierra que, aunque pertenece al estado Delta Amacuro, late al ritmo de Ciudad Guayana. Al cruzar el simbólico «Puente Roto», el paisaje se transforma y aparece El Triunfo, una localidad que brotó del suelo que alguna vez fue el Hato Puga, una vasta extensión ganadera que pertenecía al señor Puga y que abrazaba todo este territorio.

Sin embargo, el alma administrativa de esta zona ya se había gestado mucho antes, unos kilómetros más adelante, en Sierra Imataca. La capital de lo que hoy es el municipio Casacoima no nació por azar, sino por necesidad sanitaria. Bajo el amparo de un decreto de 1958, el programa de «Viviendas Rurales de Mariología» levantó las primeras 78 casas. El objetivo era noble y urgente: erradicar la malaria y el mal de Chagas, ofreciendo techos sanos para una población rural que vivía dispersa entre el monte y el río.

Ese núcleo original fue poblado, en gran medida, por migrantes del estado Sucre, hombres y mujeres que trajeron consigo la cultura del trabajo y la esperanza. Hoy, calles con nombres como Salto Ángel, Bolívar, Caroní, Kavanayén o Río de Piedra, rinden homenaje a esa geografía que los acogió.

Casacoima, una ciudad dormitorio que depende de San Félix y Puerto Ordaz, a tan sólo más de 20 kilómetros

La conquista de la autonomía

La independencia política tardó en llegar, pero lo hizo con firmeza. El historiador local, Isidoro Fajardo, recuerda con precisión los días de 1993 cuando se creó la junta organizadora. Tras elecciones municipales, el 6 de enero de 1995, la Cámara Municipal se instaló formalmente en la antigua casa parroquial, donde residían las monjas salesianas. Allí comenzó la gestión de Arsenio Lindo González, el primer alcalde electo por voto directo, encargado de poner la primera piedra institucional de la alcaldía bajo el sol de la democracia.

Isidoro Fajardo, historiador, trabajador de la alcaldía de Casacoima, también laboró por muchos años en la alcaldía de Caroní

Un oasis entre dos estados

Hoy, Casacoima es definida por muchos como una «ciudad dormitorio». Sus habitantes son el motor silencioso de las empresas básicas del estado Bolívar; salen al amanecer hacia San Félix o Puerto Ordaz y regresan por la tarde a la paz de sus hogares. A diferencia de otras zonas del país, aquí el orgullo reside en los servicios: los vecinos aseguran tener luz, agua y seguridad.

El Triunfo se ha convertido en el pulmón comercial. Entre abastos, ferreterías, un mercado de comida rápida y su entidad bancaria, la zona hierve de actividad. Hay hoteles para el foráneo y una estación de servicio que nunca detiene su marcha.

Zona comercial de esta localidad, un mercado para atender a los turistas y a su gente

 

Tesoros por descubrir

Pero Casacoima no es solo comercio y descanso. Para quien decide adentrarse en sus cuatro parroquias; Imataca, Juan Bautista Arismendi, Manuel Piar y Rómulo Gallegos, el municipio revela sus joyas: la majestuosidad de los Castillos de Guayana, el misticismo de Laguna Verde, el sonido eterno de la Cascada de Corales y el imponente Monumento de Casacoima.

Aunque algunas calles internas de las comunidades claman hoy por asfalto, el espíritu de Casacoima sigue siendo el de aquel hato original: un territorio de horizonte abierto que, tras Puente Roto, ofrece refugio y futuro a quienes lo habitan.

Casacoima te recibe con los brazos extendidos a la izquierda vía hacia Los Castillos de Guayana, también Piacoa y a la derecha Sierra Imataca y Río de Pidra, en el medio el Obelisco que le recuerda a su gente sobre la independencia y autonomía de este municipio.

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