Evangelio del Día. Lucas 8,1-3

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  “En aquel tiempo Jesús iba recorriendo ciudades y aldeas, predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres, a las que había curado de espíritus malos o de enfermedades: María, por sobrenombre Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de un administrador de Herodes, llamado Cuza; Susana, y varias otras que los atendían con sus propios recursos”.

  Reflexión: Por el Servicio de Animación Bíblica de la Diócesis de Ciudad Guayana. Responsable: Luis Perdomo.

 La Iglesia Universal celebra hoy la fiesta entre otros santos en honor a San Roberto Belarmino, quien fue un miembro de la Compañía de Jesús, sacerdote, arzobispo, cardenal de la Iglesia, e inquisidor en la época de la contrarreforma, que defendió la fe y la doctrina católica. Nació en Montepulciano, el 4 de octubre de 1542 y murió en Roma, el 17 de septiembre de 1621. Pío XI lo beatificó en 1923 y lo canonizó en 1930. El 17 de septiembre de 1931 fue declarado doctor de la Iglesia.

Y la liturgia diaria, nos presenta al Evangelio de Nuestro Señor JESUCRISTO según San Lucas, capítulo 8, del verso 1 al verso 3. En breve texto que se nos hace un resumen de la actividad misionera de JESÚS, y se presenta a los seguidores del Maestro, tanto a las mujeres como a los hombres, como un equipo de trabajo itinerante que va recorriendo pueblos y ciudades, proclamando la llegada del Reino de DIOS. El equipo estaba conformado por los Doce y algunas mujeres que se fueron añadiendo a lo largo de la predicación.

 Es de hacer notar que, en la memoria del ministerio de JESÚS, comúnmente se hace mención exclusiva de los apóstoles, hombres, llamados por Él, y que le siguieron. Esta es la única vez en los Evangelios que las mujeres son mencionadas entre el grupo de los discípulos de JESÚS. Entre ellas llama la atención la presencia de Juana, mujer de un alto funcionario de Herodes, lo cual muestra la osadía de la mujer. Y también se destaca la presencia de María Magdalena, que al igual que en la Resurrección, aparece de primero, no solo de la lista de las mujeres, sino también de los discípulos en general.

  También es importante destacar que cuando se dice que estas mujeres habían sido sanadas de enfermedades y liberadas de demonios, significan las diversas formas de exclusión de la ideología del judaísmo impuesta a las mujeres, es decir, que habían sufrido las consecuencias de la exclusión social y de género. Por eso es que estas mujeres, y particularmente Magdalena, fueron liberadas de su exclusión social por JESÚS, e integradas a la vida de la comunidad. Seguían a JESÚS y servían al grupo, porque ellas entendieron lo que significa el SERVICIO, que es la característica fundamental del Reino.

  Al confrontarnos con el texto y ver que, alrededor de JESÚS, se reúnen discípulos y discípulas para conformar un equipo Misionero donde cada uno aporta sus dones y sus bienes. Y en el que, las mujeres jugaron un papel muy importante en la propagación de las Buenas Nuevas de JESÚS y en la consolidación de la Iglesia Primitiva, ya que pasaron de ser marginadas a protagonistas en igualdad de condiciones que los hombres. Por lo que puede decirse que el cristianismo fue pionero en el surgimiento de una nueva relación entre hombres y mujeres, que se caracteriza por la libertad, la solidaridad y el servicio,

 Y es que sin lugar a dudas que el papel de las mujeres fue y sigue siendo fundamental en el cumplimiento del mandato de Nuestro Señor, de llevar y hacer discípulos “hasta los confines de la tierra”. Por eso es que, en la comunidad de JESÚS, no debe existir diferencias de personas, ni de sexo, solo existe diversidad de funciones. Y aun cuando hay sus excepciones, esa realidad de los primeros tiempos de nuestra Iglesia sigue presentándose hoy día en la mayoría de nuestras comunidades cristianas, ya que todos los espacios de nuestros movimientos y estructuras están copados por la acción decidida y preponderante de las mujeres.

  Por eso hoy es el día para preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo yo para lograr tener una Iglesia cohesionada, donde todos nos respetemos y nos queramos, sin diferencias de sexo, de raza o clase social? ¿Le he dado el verdadero valor a la dignidad de la mujer, tanto en la familia, en la Iglesia y en el seno de nuestra sociedad?

 Señor JESÚS, ayúdanos a darle el verdadero valor a la dignidad de la mujer tanto en la familia, en la Iglesia y en el seno de nuestra sociedad, porque es con su dulzura y con su audacia que podemos construir “la Civilización del AMOR”, que todos anhelamos. Amén.

Luis Perdomo