
En un refugio de La Guaira, epicentro de la devastación causada por el doble terremoto de Venezuela, un grupo de unas 100 personas sigue con fervor la semifinal del Mundial de Fútbol 2026 entre España e Inglaterra. Se trata de una tarde de distracción necesaria en medio de la angustia de haberlo perdido casi todo.
Bajo una enorme carpa repleta de literas instalada en el polideportivo José María Vargas, en pleno estado de La Guaira, se colocó una pantalla gigante para el disfrute de las más de 1.200 personas que acoge este recinto gestionado por la ONU.
El termómetro marca temperaturas elevadas. Son las tres de la tarde en una costa caribeña duramente golpeada por los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 del pasado 24 de junio, catástrofe que ha dejado un trágico saldo de al menos 4.734 muertos y cerca de 18.000 personas sin hogar.
Para seguir el encuentro, la gente se acomoda en sillas de plástico o directamente sobre el suelo de lo que, hasta hace apenas unas semanas, funcionaba como un campo de fútbol de césped artificial.

Distracción obligatoria frente a la pérdida
«Yo voy con Francia. Me gusta cómo juegan», comenta a EFE Carlos Hernando, de 32 años, sin desviar la mirada de la pantalla. El joven permanece en el campamento desde el pasado 25 de junio, un día después de que su vivienda en el cercano sector de Caribe quedara completamente destruida por el sismo. Explica que ha intentado sintonizar cada partido que puede porque le sirven como una vía de escape mental.
Al grupo de damnificados se suman en la audiencia algunos trabajadores humanitarios del refugio e incluso efectivos militares con sus fusiles de reglamento, todos atentos al desarrollo del juego.
De pronto, la señal se interrumpe y los reclamos no se hacen esperar. «¡El partido, por favor!» o «¡la pantalla!», gritan los presentes mientras los niños se levantan desconcertados. La retransmisión se realiza a través de una plataforma digital que presenta fallos intermitentes. No obstante, al restablecerse la imagen, el primer gol de España desata la celebración colectiva bajo la carpa.
Historias de separación y anhelos de futuro
«Yo le voy a Argentina, pero entre estos dos prefiero a España», comparte Juan López, de 39 años. Sus hijos y su esposa residen en Madrid desde el pasado mes de febrero, mientras que él lleva casi tres semanas en el campamento. El edificio donde se ubica su apartamento, visible desde el polideportivo, sufrió daños estructurales y ahora debe esperar las inspecciones técnicas antes de saber si podrá regresar.
«¿Sabes cómo podría viajar a Madrid para reunirme con mi familia?», pregunta con evidente desgaste por el tiempo transcurrido en este espacio, uno de los cinco albergues temporales que la ONU administra en la zona afectada.
A unos metros, Jhobra, de 23 años, también sigue el partido. Aunque confiesa su simpatía por el juego de los franceses y su deseo de ver ganar a Argentina, su realidad inmediata es dura: comparte espacio en el refugio con otros 18 miembros de su familia tras el derrumbe de su hogar.
El grito de gol como desahogo colectivo
Aunque Venezuela es un país con una arraigada tradición de béisbol y su selección nacional no logró clasificar a esta cita mundialista, el torneo ha despertado un gran interés. Con la mirada puesta en la final, muchos de los refugiados vuelcan su apoyo hacia los representantes iberoamericanos.
Aunque al inicio del partido las opiniones estaban divididas, el segundo gol del conjunto español disipa las dudas y desata la euforia bajo la carpa. Los abrazos se multiplican y decenas de niños saltan de alegría sobre el césped sintético.
La calurosa tarde avanza en La Guaira y los asistentes continúan concentrados en el juego, esperando que la señal no vuelva a fallar y albergando la silenciosa esperanza de poder abandonar pronto el campamento para reconstruir sus vidas.
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